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Fernando Sánchez Torres: casi un siglo observando la medicina y el país desde adentro

Fuente: El Tiempo - Salud
Fernando Sánchez Torres: casi un siglo observando la medicina y el país desde adentro
Imagen: El Tiempo - Salud Ver articulo original

Fernando Sánchez Torres, nacido en 1930, ha sido testigo de casi cien años de transformaciones en la medicina colombiana, la universidad y el sistema de salud. Su vocación médica nació en 1940 al ver llorar a un médico que no pudo salvar a su madre, una experiencia que lo marcó para toda la vida. Además de su carrera como médico, profesor y rector de la Universidad Nacional, Sánchez Torres es reconocido como uno de los mejores retratistas del país y columnista de salud que ha documentado décadas de cambios en el sistema de salud colombiano.

La memoria de Fernando Sánchez Torres no se desvanece con los años, sino que se vuelve más clara y más persistente. A sus noventa y pico de años, los nombres regresan completos con apellidos, las fechas aparecen precisas y los recuerdos conservan todavía la nitidez de lo que acaba de ocurrir. Conversar con él es entrar en una casa donde el pasado no está guardado en cajas, sino caminando vivo por los corredores.

Nacido en 1930, Sánchez Torres pertenece a esa generación que ha visto transformarse casi toda una centuria de medicina colombiana, de universidades y de país. Pero sus recuerdos no se ordenan como una lista de fechas. Aparecen como escenas completas, con olor, con el clima que tenían las cosas cuando sucedieron. Una de ellas ocurre en 1940 en una habitación silenciosa de Bogotá. Yace allí una mujer que acaba de morir: su madre. El médico que intentó salvarla, el doctor Eudoro Castillo Vega, ha hecho todo lo que la medicina de entonces permitía. Pero no bastó. Y entonces el niño presencia algo inesperado: el médico se echa a llorar, con una tristeza abierta, abrazado al padre del muchacho. En esa escena donde la ciencia reconoce sus límites, el niño comprende algo que no olvidará jamás: la medicina es una lucha permanente contra la fragilidad de la vida. Ese día toma una decisión silenciosa que terminará organizando todo lo que vendría después. Será médico.

Antes de serlo, sin embargo, Fernando Sánchez Torres estuvo a punto de ser pintor. De niño copiaba las tiras cómicas del periódico bajo las cobijas, trazando a Popeye y a Tarzán mientras afuera pasaba el tranvía metálico por las calles de una Bogotá pausada donde todo costaba cinco centavos. Su padre trabajaba en El Tiempo, no como escritor sino como impresor, el hombre que vigilaba las rotativas para que el periódico saliera cada madrugada con precisión de reloj. El hijo lo acompañaba algunas noches y lo que recuerda no son las noticias sino el olor caliente del papel recién impreso y el ruido profundo de las máquinas. Dibujaba en los cuadernos, en los márgenes de cualquier papel. En el Colegio Americano, el pintor Guillermo Silva Santamaría descubrió que aquel muchacho tenía una mano privilegiada. Años después, durante la carrera de medicina, un profesor de dibujo médico lo confrontó: estaba perdiendo el tiempo en medicina, debía dedicarse a la pintura. Esa frase lo acompañó como una duda persistente durante seis años.

Pero hay decisiones que se toman una sola vez y después simplemente se cumplen. La promesa hecha frente al cuerpo de su madre seguía allí, silenciosa pero firme. Sin embargo, la pintura nunca desapareció del todo. Con los años regresó como regresan las vocaciones profundas: sin ruido. Hoy su obra, especialmente sus retratos, es reconocida como la de uno de los mejores retratistas del país. Sus cuadros no se limitan a reproducir un rostro; capturan algo más difícil: el carácter. Tal vez por eso, cuando pinta, parece hacer lo mismo que ha hecho toda la vida como médico: mirar con atención.

Su vida profesional se superpone como capas de una misma historia: el profesor universitario que discute ética médica en la Universidad Nacional, el decano, el rector que durante años turbulentos de la institución decidió entrar personalmente a las residencias estudiantiles para ver con sus propios ojos qué estaba ocurriendo, el columnista que durante décadas ha seguido el pulso de la medicina colombiana desde las páginas de El Tiempo. Pero hay otra dimensión que aparece con la misma persistencia: la del médico que ha observado, casi desde su nacimiento profesional, el devenir del sistema de salud colombiano.

Sánchez Torres ha sido testigo de la transformación de la medicina durante más de medio siglo. Vio la medicina cuando se sostenía sobre hospitales públicos austeros y sobre la vocación casi artesanal de los médicos. Vio nacer después la arquitectura institucional que surgió con la Ley 100 de 1993. Participó también en una de las discusiones más profundas que ha tenido el país sobre la naturaleza misma del derecho a la salud. De esas discusiones nació una idea que hoy parece evidente pero que durante décadas no lo fue: "la salud no es un servicio que se compra, sino un derecho que se garantiza". Esa reflexión desembocó en la Ley Estatutaria de Salud, la norma que consagró la salud como derecho fundamental.

Cuando se le pregunta por su carácter, sonríe con una serenidad que desarma. No se considera cascarrabias ni terco. Dice algo más simple: le gusta discutir. Discutir sin insultar, discutir sin pelear, como si la conversación fuera la forma más civilizada de buscar la verdad. Tal vez por eso su memoria sigue tan despierta. Hay hombres que atraviesan el tiempo distraídos. Otros lo atraviesan observándolo todo. Cuando la conversación termina y la tarde cae sobre la ciudad, vuelve a aparecer una frase que parece resumir toda su vida. No la dice como consejo ni como consigna, sino con la naturalidad de quien describe algo evidente: trabajo y perseverancia.

Fuente original: El Tiempo - Salud

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