El ADN revela cómo los escitas heredaban el poder hace 2.500 años dentro de familias de élite

Un estudio del Instituto Max Planck analizó el ADN de 85 individuos escitas enterrados en la estepa euroasiática y encontró que la élite mantenía redes familiares muy cerradas con menor diversidad genética que el resto de la población. Los investigadores descubrieron que el poder y el estatus se transmitían dentro de dinastías familiares interconectadas, incluso entre cementerios separados por más de 100 kilómetros. Las mujeres ocupaban posiciones relevantes en estas estructuras de poder, representando casi la mitad de los miembros de élite identificados.
Durante siglos, los arqueólogos han interpretado las diferencias en los enterramientos escitas como prueba de una profunda desigualdad social. Los miembros de la élite recibían sepulturas en grandes kurganes, o túmulos funerarios, llenos de oro, armas y animales sacrificados, mientras que la gente común era enterrada en espacios más modestos con pocos objetos. Pero ahora, un nuevo análisis genético ofrece respuestas más precisas sobre cómo se mantenía y transmitía el poder en estas sociedades guerreras que dominaron las estepas euroasiáticas entre los siglos VII y III antes de Cristo.
Investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva examinaron el ADN de 38 individuos de élite y 47 de estatus menor, procedentes de 21 yacimientos en Kazajistán y Rusia, datados entre el año 900 y 200 a. C. Lo que encontraron cambió la comprensión sobre cómo funcionaba la organización política escita. Según Ainash Childebayeva, de la Universidad de Texas en Austin y coautora del estudio, citada por EFE, los investigadores no esperaban encontrar una transmisión hereditaria tan clara del estatus social. Sin embargo, observaron que los individuos de alto rango compartían un parentesco más estrecho entre sí, incluso cuando estaban enterrados en diferentes yacimientos, que con las personas de menor estatus sepultadas en los mismos lugares.
El análisis reveló que la élite escita formaba redes familiares interconectadas que cruzaban grandes distancias. Identificaron estrechos vínculos familiares entre miembros enterrados en distintos cementerios separados por más de 100 kilómetros, además de indicios de matrimonios entre parientes. Estos hallazgos sugieren que el poder se mantenía dentro de grupos familiares específicos que jugaban un papel central en la vida política y social de la estepa.
Entre los restos analizados estaba el conocido Hombre de Oro, descubierto en los kurganes de Issyk, una de las figuras arqueológicas más representativas de Eurasia central. El estudio, liderado por Ayshin Ghalichi, confirmó mediante análisis genéticos que era un varón y que pertenecía a la cultura saka de la Edad del Hierro, aclarando una cuestión que hasta entonces no había podido establecerse con certeza.
Otro descubrimiento importante fue el papel activo de las mujeres en estas estructuras de poder. De acuerdo con Ghalichi, casi la mitad de las personas identificadas como miembros de la élite eran mujeres, lo que refleja que ocupaban posiciones relevantes dentro de la sociedad escita. Esto sugiere que el sistema de heredar el poder no dependía exclusivamente de líneas masculinas, sino que era más complejo y permitía la participación femenina en la autoridad política.
El estudio concluyó que la autoridad política entre los grupos escitas se basaba en amplias redes familiares de élite donde el parentesco, el estatus y el poder estaban estrechamente ligados. Esto demuestra que hace 2.500 años, en las tierras de lo que hoy es Kazajistán y Rusia, la forma de gobernar dependía menos de conquistas individuales y más de pertenecer a familias poderosas que mantenían su influencia a través de matrimonios estratégicos y lazos de sangre cuidadosamente cultivados.
Fuente original: El Tiempo - Vida