Qué pescados puede comer sin riesgo quien tiene problemas de riñones

Para las personas con enfermedad renal crónica, la alimentación es clave para controlar la enfermedad y prevenir su avance. El pescado blanco fresco como merluza, bacalao y lenguado son opciones seguras por su bajo contenido de fósforo y potasio. En cambio, alimentos como salmón ahumado, pescado enlatado y mariscos procesados deben evitarse, mientras que cocinar al horno, al vapor o a la plancha sin agregar sal es lo más recomendado.
Para las personas diagnosticadas con enfermedad renal crónica, lo que se come en el día a día puede marcar la diferencia en cómo evoluciona la enfermedad. Una buena alimentación ayuda a controlar la presión arterial, la diabetes y otros factores que empeoran el funcionamiento de los riñones. Por eso los especialistas insisten en que la dieta no es un complemento, sino parte central del tratamiento.
El pescado es una proteína valiosa, pero no todos los tipos son igual de seguros para quienes tienen problemas renales. Según información del Hospital Universitario de Getafe en Madrid, los pescados blancos frescos son la mejor opción: merluza, bacalao, lenguado, gallo, dorada y lubina contienen menos fósforo y potasio, minerales que los riñones dañados no pueden eliminar bien. El salmón fresco, aunque aporta ácidos grasos saludables, debe comerse en cantidades moderadas porque tiene más fósforo. Los calamares y camarones también pueden incluirse, pero sin agregar sal adicional.
Lo que definitivamente hay que evitar son las presentaciones procesadas: salmón ahumado, pescado enlatado con alto contenido de sodio y mariscos con aditivos químicos. Según la Clínica Mayo, la mejor forma de preparar el pescado es al horno, al vapor o a la plancha, sin sal añadida. Las porciones deben ajustarse según la etapa de la enfermedad que tenga cada persona.
Controlar el sodio es especialmente importante. Comer demasiada sal favorece la retención de líquidos y eleva la presión arterial, lo que daña más los riñones. Se recomienda consumir entre 1500 y 2000 miligramos de sodio al día, distribuidos en porciones menores a 600 miligramos por comida. Esto significa evitar alimentos ultraprocesados y acostumbrarse paulatinamente a las comidas sin sal, un cambio que puede tomar varias semanas.
Además del sodio, hay otros nutrientes que requieren cuidado especial. El potasio, presente en papas, tomates, plátanos y productos lácteos, puede acumularse peligrosamente en la sangre. El fósforo está en bebidas de cola, alimentos envasados y productos con aditivos que llevan la palabra "fos" en la etiqueta. El calcio también necesita vigilancia, pues niveles altos pueden favorecer depósitos en los vasos sanguíneos.
Lo fundamental es que cualquier cambio en la dieta debe consultarse primero con un nefrólogo o un nutricionista especializado en enfermedades renales. El plan alimentario debe ser personalizado según el peso, la altura y el estado general de cada paciente, considerando también qué etapa tiene la enfermedad. Solo así se logra que los riñones funcionen lo mejor posible dentro de sus capacidades actuales y se desacelere el avance de la enfermedad.
Fuente original: El Tiempo - Salud