Más leyes contra corrupción no sirven si no se cumplen: la advertencia de la Ocde

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico señala que el mundo tiene normas anticorrupción suficientes, pero el verdadero problema está en que nadie las aplica de verdad. El fraude le cuesta a los países entre el 8% y el 25% de la inversión pública, recursos que podrían ir a hospitales, carreteras o escuelas. Sin una capacidad real para detectar, prevenir y castigar irregularidades, seguir escribiendo leyes es solo gastar papel.
Imagina que tu país aprueba una ley perfecta contra el robo. Todo bien escrito, todo claro. Pero nadie la hace cumplir. Los ladrones siguen en las calles. Así funciona la corrupción global, según un reciente análisis de la Ocde que tira por la borda la creencia de que escribir más normas es la solución. El organismo internacional advierte que el verdadero cuello de botella no es la ley, sino que los gobiernos simplemente no tienen la capacidad o la voluntad para aplicarla.
El diagnóstico es brutal: existe una brecha de 19 puntos porcentuales entre lo que dicen las normas anticorrupción y lo que realmente sucede en la práctica. Los países han estado ocupados legislando, pero sin resultar en cambios concretos. Mientras tanto, el dinero público sigue desapareciendo. De acuerdo con el informe, el fraude genera pérdidas cercanas al 5% de los ingresos totales de las organizaciones, y entre el 8% y el 25% de toda la inversión pública puede perderse por corrupción. Para entenderlo en términos reales: esos son recursos que no llegan a las escuelas, hospitales, carreteras ni servicios que necesita la población.
La corrupción se ha convertido en un factor económico determinante, no solo ético. La Ocde subraya que "menos corrupción se traduce en economías más atractivas y productivas", pero el mensaje inverso también es cierto: donde hay más desvíos de recursos, los inversionistas desconfían, las empresas se van, y el país pierde oportunidades de crecimiento. Los mayores agujeros institucionales están en tres áreas: gestión de conflictos de interés, sistemas disciplinarios débiles y financiamiento político sin control. Son precisamente los lugares donde se cruzan poder, dinero y decisiones importantes.
La corrupción no afecta solo a las arcas públicas. Distorsiona los mercados, encarece la operación de las empresas privadas y desestimula la inversión. Cuando un empresario no sabe si la competencia va a sobornarse para ganar un contrato, o si sus permisos van a depender de pagos irregulares, simplemente no invierte. El resultado es una economía menos dinámica y menos oportunidades de empleo.
La Ocde identifica que los sistemas de contratación pública son particularmente vulnerables. Por la magnitud de recursos y el constante flujo entre sectores público y privado, estos se convirtieron en un blanco perfecto. Ahora la corrupción ha evolucionado hacia esquemas mucho más sofisticados, frecuentemente ligados con organizaciones criminales que operan de manera sistemática, no como actos aislados de funcionarios.
En lugar de seguir agregando normas, el organismo propone un cambio de estrategia: usar tecnología como inteligencia artificial y análisis de datos para detectar patrones sospechosos, mejorar auditorías y monitorear en tiempo real. También pide que se fortalezcan los sistemas de justicia para que haya consecuencias reales por irregularidades, porque sin sanciones efectivas la gente simplemente no respeta las reglas. El problema adicional: solo uno de cada cuatro países mide de verdad si sus estrategias anticorrupción están funcionando, así que actúan a ciegas sin saber qué está dando resultado y qué no.
Fuente original: Portafolio - Economía