Hipertensión: la enfermedad silenciosa que afecta a millones pero es controlable

La presión arterial alta es una de las mayores amenazas de salud pública mundial, afectando a más de 1.400 millones de personas. El principal problema es que no presenta síntomas en la mayoría de los casos, por lo que muchas personas desconocen que la padecen. Aunque es difícil revertir completamente, sí puede mantenerse bajo control con cambios en el estilo de vida, medicamentos y monitoreo regular.
La hipertensión arterial se ha convertido en uno de los mayores desafíos de salud en el mundo. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, cerca de 1.400 millones de adultos entre 30 y 79 años padecen esta condición, lo que representa aproximadamente un tercio de la población mundial en ese rango de edad. Lo más preocupante no es solo su prevalencia, sino que se trata de una enfermedad que avanza sin avisar: la mayoría de las personas no siente síntomas mientras la enfermedad causa daño silencioso en su cuerpo.
El verdadero desafío está en que muchos desconocen que la tienen. Cerca de 600 millones de personas con presión arterial alta, es decir el 44 por ciento, ni siquiera saben que padecen la condición. Aunque otros tantos han sido diagnosticados y reciben tratamiento, solo alrededor de 320 millones de personas, el 23 por ciento, logra mantenerla bajo control. Esta brecha muestra las fallas en el sistema: desde el diagnóstico inicial hasta el seguimiento y la capacidad de las personas para adherirse a los tratamientos.
La hipertensión se define como una presión arterial igual o superior a 140/90 milímetros de mercurio. Lo ideal es mantenerla en 120/80. La única manera de detectarla es mediante mediciones periódicas, pues la mayoría de los afectados no presenta ningún síntoma. Cuando no se controla adecuadamente, puede desencadenar complicaciones serias: enfermedades del corazón, insuficiencia renal y accidentes cerebrovasculares. El exceso de presión endurece las arterias, reduce el flujo de sangre y oxígeno hacia órganos vitales, aumentando el riesgo de infartos y muerte súbita. Solo en casos extremos, cuando la presión alcanza 180/120 o más, pueden aparecer síntomas como dolor de cabeza intenso, dificultad para respirar o dolor en el pecho, situaciones que requieren atención médica inmediata.
La enfermedad está asociada a factores que no se pueden cambiar, como la edad, los antecedentes familiares o enfermedades previas como la diabetes. Pero también depende mucho del estilo de vida: dietas altas en sal y grasas, falta de ejercicio, consumo de alcohol y tabaco, sobrepeso y obesidad. A medida que se acumulan estos hábitos poco saludables, la presión tiende a elevarse de forma sostenida y progresiva. Aunque la hipertensión puede controlarse, revertir completamente el daño en el sistema cardiovascular resulta complejo.
Sin embargo, hay buenas noticias. La combinación correcta de cambios en el estilo de vida puede hacer una diferencia notable. Perder peso, incluso de forma moderada, genera mejoras significativas en la presión arterial. La actividad física regular puede reducirla entre 5 y 8 milímetros de mercurio. Una alimentación rica en frutas, verduras y granos integrales, baja en grasas saturadas, puede disminuirla hasta en 11 milímetros de mercurio. Reducir el consumo de sal en la dieta puede generar descensos adicionales de entre 5 y 6 milímetros de mercurio. Otros hábitos como limitar el alcohol, dejar de fumar, dormir entre siete y nueve horas cada noche y manejar el estrés también contribuyen a estabilizar la presión arterial.
Los expertos subrayan que aunque los medicamentos son necesarios en muchos casos, el estilo de vida juega un papel determinante tanto en la prevención como en el control. El monitoreo regular, incluso desde casa, permite evaluar si las medidas funcionan y ajustar el tratamiento cuando sea necesario. No se trata de curar la hipertensión completamente, sino de mantenerla controlada de forma sostenida. La Organización Mundial de la Salud busca reducir en un 25 por ciento la prevalencia de la hipertensión no controlada a nivel global, y para lograrlo impulsa iniciativas que fortalezcan los sistemas de salud para mejorar la detección temprana, el acceso a medicamentos y el seguimiento de los pacientes. La evidencia muestra que con intervenciones oportunas y sostenidas es posible reducir significativamente el riesgo de complicaciones y mejorar la calidad de vida.
Fuente original: El Tiempo - Salud