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Cuatro años en el infierno: la historia de un defensor de derechos que escapó de la cárcel más temida de Venezuela

Fuente: BBC Mundo - Economía
Cuatro años en el infierno: la historia de un defensor de derechos que escapó de la cárcel más temida de Venezuela
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Javier Tarazona, activista de derechos humanos, pasó más de cuatro años en El Helicoide, la prisión más infame de Venezuela, tras denunciar supuestos vínculos entre un exministro y guerrilleros. En condiciones que describe como inhumanas, compartió celdas de castigo donde los prisioneros hacían sus necesidades en los mismos recipientes donde recibían la comida. Fue liberado en febrero de 2026 tras cambios políticos en el país y ahora habla públicamente para evitar que otros vivan lo que él sufrió.

Javier Tarazona tiene grabado el número en la cabeza: mil seiscientos setenta y cinco días. Eso es lo que pasó encerrado en El Helicoide, la prisión más temida de Venezuela, una estructura que durante años fue considerada un epicentro de torturas y abusos contra los derechos humanos. El activista de derechos humanos, director de la organización FundaRedes, fue excarcelado el 1 de febrero de este año, y sus primeras palabras públicas revelan una realidad desgarradora sobre las condiciones en que fue mantenido cautivo.

Todo comenzó a finales de junio de 2021, cuando Tarazona solicitó formalmente que se investigara a un exministro del Interior por sus supuestos vínculos con la guerrilla del ELN. El activista aportó información sobre casas seguras y fincas que funcionaban, según su denuncia, como centros de operaciones de esa guerrilla colombiana con apoyo estatal. Días después de presentar la acusación, cuando acudió a solicitar protección ante amenazas, fue capturado de forma abrupta. Hombres armados con rostros tapados lo sacaron a la fuerza del Ministerio Público, lo golpearon y también detuvieron a su hermano. Pasó 33 horas desaparecido antes de ser presentado ante un tribunal con cargos de traición, terrorismo e incitación al odio. Desde ese momento quedó atrapado en El Helicoide.

Lo primero que Tarazona enfrentó fueron celdas de castigo conocidas como "tigritos", espacios minúsculos, oscuros y sucios donde convivía con ratas y cucarachas. Allí pasó 46 días compartiendo una celda del tamaño de una jaula con su hermano y otro activista, Omar de Dios García. "Es un lugar de olores nauseabundos. Teníamos que turnarnos para poder descansar. Colocábamos una especie de colchoneta, como un cartón, para tapar un gran hueco de cloaca en un espacio muy reducido", relata. Los prisioneros dormían en el piso e hicieron sus necesidades en el mismo lugar donde se suponía debían vivir.

Después lo trasladaron a una celda "un poco más grande, pero igual de asquerosa, deprimente y nauseabunda", en palabras del propio Tarazona. La indignidad llegó a límites incomprensibles: para orinar, los tres internos compartían un envase de agua mineral de cinco litros, lo que generó infecciones urinarias recurrentes. Para defecar usaban la misma bandeja en la que ocasionalmente les servían comida, a la cual burlonamente llamaban "Wendy's" en referencia a la cadena de comida rápida. "Hacíamos nuestras necesidades en el mismo lugar donde nos servían la comida en una bandejita de anime", cuenta con la voz quemada por el recuerdo. A veces pasaba un día completo sin recibir alimento, sin ver luz, sin saber si era día o noche.

Durante sus casi cinco años de cautiverio, fue sometido a interrogatorios constantes que incluían tratos crueles e inhumanos. Las autoridades usaron a su madre septuagenaria como arma psicológica: la detuvieron, filmaron el allanamiento de su casa y lo presionaban con los videos para que colaborara. Él se negó. Tuvo muy poco acceso a un abogado: solo después de siete meses le permitieron uno, y durante todo su cautiverio sus visitas de abogados no llegaron a cinco. Pasó por cuatro celdas más durante los años siguientes, compartiendo espacio con otros 36 prisioneros en total.

El cambio llegó en la madrugada del 3 de enero de este año, cuando escuchó explosiones en El Helicoide. Días después supo que el presidente Nicolás Maduro había sido capturado en una operación militar estadounidense. Fue el catalizador que llevó a su liberación. Recibió la noticia mientras meditaba en el patio viendo una guacamaya multicolor. Los últimos 22 días antes de su salida fueron los más duros: la incertidumbre y la ansiedad le provocaron afecciones en la piel. El 1 de febrero, a las ocho de la mañana, un funcionario le dio la orden: "Arréglese, que se va". Tarazona temblaba, temblaba muchísimo, mientras se arrodillaba para tocar el suelo y abrazar a su madre.

Ahora, el activista habla sin que su boleta de liberación se lo prohíba, aunque es consciente del riesgo. Su motivación no es política sino humana: "Me atrevo a conceder esta entrevista, la primera que hago en estos términos, no para usar esto para dañar, sino para que no se repita más". Afirma haber perdonado en cautiverio y haber experimentado una transformación completa. Su objetivo ahora es impulsar la reconciliación en Venezuela y evitar que otros sufran lo que él sufrió. El gobierno venezolano anunció además el cierre de El Helicoide como prisión, transformándolo en un complejo deportivo y de servicios sociales.

Fuente original: BBC Mundo - Economía

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