Tras 21 días de inundaciones: cientos de familias desplazadas esperan respuestas sobre qué pasará con sus hogares

La peor emergencia en la historia de la hidroeléctrica Urrá dejó más de 200 mil personas afectadas en Córdoba tras lluvias históricas entre el 7 y 8 de febrero. Familias enteras viven en albergues improvisados mientras sus casas permanecen anegadas o convertidas en barro, enfrentando enfermedades como paludismo y gripa. Los afectados reclaman respuestas sobre reparación de viviendas y reubicación, mientras los ingenieros trabajan en bajar el nivel del embalse para recuperar capacidad de almacenamiento.
Hace una década la hidroeléctrica Urrá enfrentó su primer rebosamiento grave. Fue serio, pero nada que ver con lo que acaba de suceder. Los mismos damnificados lo confirman sin necesidad de estadísticas: "Esta es la más grave porque no ha parado de llover". Esa frase simple resume mejor que cualquier reporte técnico lo que significó la lluvia intensa de hace tres semanas para los Córdobas.
Entre el sábado 7 y domingo 8 de febrero, cayó agua con una intensidad nunca registrada en la región. El embalse recibió caudales dieciséis veces superiores al promedio histórico de febrero. Eso obligó a abrir compuertas para descargar el exceso hacia el río Sinú, que recibió más de 700 metros cúbicos por segundo, superando ampliamente su máximo habitual para esta época. El resultado fue devastador: desbordamientos en cascada, no solo del Sinú sino también del Canalete y San Juan. Montería, donde vive la mayoría de afectados, quedó bajo el agua. Tierralta, el municipio vecino a la hidroeléctrica, se transformó de la noche a la mañana en un territorio de emergencia.
A la orilla de las vías aparecieron refugios improvisados hechos con plásticos negros, tablas sueltas y pedazos de zinc. En el colegio de la vereda Los Pollos hay 165 familias amontonadas esperando poder regresar a sus casas. Nilson Manuel Solano es uno de ellos. "Fue por una avalancha que se desbordó de la represa de Urrá. Arrastró todos los cultivos. Todo. Tuvimos que salir", cuenta con la voz baja. Su hogar se inundó hasta la cintura y aunque el agua ya bajó, dejó un barrial espeso donde el barro llega al tobillo en los cuartos. Dormir allá asusta, dice, por las culebras y la humedad que no abandona las paredes. Nilson no habla de demandas millonarias. Habla de tablas, de piso firme. Habla de que alguien vaya a reparar los daños en sus cultivos o que le ofrezcan un subsidio para empezar de nuevo.
La respuesta de la hidroeléctrica ha sido el silencio. Lorena, otra damnificada que cuida a un niño con discapacidad en un albergue, cuenta que los ingenieros solo vinieron a prohibirles entrar a sus casas, luego se fueron. "Este albergue lo gestionó el líder comunal; acá de la hidroeléctrica solo vinieron para decir que no podíamos ir todavía a la casa, y se fueron, no trajeron ni agua, que es lo que ahora les sobra", dice con una risa amarga. Organizaciones externas como los bomberos de Tarazá han llevado alimentos y ropa, pero no hay brigadas de fumigación. El paludismo comienza a aparecer. La gripa se propaga rápido entre colchones improvisados y los mosquitos no dejan de zumbar. Nilson solo espera que alguien le diga qué sucederá con las viviendas.
En la sala de control de Urrá, la explicación es puramente técnica. Los ingenieros señalan que febrero históricamente es un mes seco, con aportes promedio de 121 metros cúbicos por segundo. Este año los aportes superaron los 2 mil metros cúbicos desde el primero de febrero en forma sostenida. El embalse, diseñado para amortiguar crecientes, se saturó. Cuando alcanza su nivel máximo, el agua comienza a salir por el rebosadero. La descarga máxima regulada hacia el Sinú es de 700 metros cúbicos por segundo, pero los aportes la superaron ampliamente. Los técnicos además insisten en que no fue solo responsabilidad de la hidroeléctrica: el Canalete y San Juan también se desbordaron por la lluvia atípica que afectó toda la cuenca.
Ahora trabajan para bajar el nivel del embalse y recuperar capacidad de almacenamiento. Cada centímetro que logren reducir es margen de maniobra si vuelve a llover. Pero mientras en la central hacen cálculos milimétricos, en el colegio de Los Pollos el panorama es diferente. Más de 200 mil personas están desplazadas. Nilson no sabe si podrá habitar de nuevo su casa. Dice que si le ayudan a repararla, tal vez. Sí, no, no. Esa incertidumbre es la que flota sobre Córdoba tras las peores inundaciones de su historia reciente.
Fuente original: El Colombiano - Colombia

