Líbano e Israel regresan a negociaciones mientras la frágil tregua se tambalea por nuevos ataques

Líbano e Israel reinician conversaciones diplomáticas en Washington el 23 de abril, justo después de una de las jornadas más violentas desde que entró en vigor el alto el fuego hace diez días. El gobierno libanés busca extender la tregua y lograr la retirada israelí, mientras Israel condiciona cualquier avance al desarme de Hezbolá. La falta de mecanismos de verificación claros y las acusaciones cruzadas de violaciones del acuerdo erosionan constantemente la credibilidad de la pausa en los enfrentamientos.
A pocas horas de que Líbano e Israel vuelvan a sentarse a negociar en Washington, las balas siguen volando en el sur libanés. Es el escenario más paradójico posible: mientras diplomáticos preparan sus argumentos en salones estadounidenses, civiles mueren en ataques que ambas partes se acusan mutuamente de perpetrar. Esta es la realidad de una tregua que apenas cumple diez días de vigencia y que ya está al borde del colapso.
La segunda ronda de conversaciones entre la embajadora libanesa Nada Hamadeh Moawad y el embajador israelí Yechiel Leiter, con participación del secretario de Estado Marco Rubio, representa el primer canal diplomático directo sostenido entre estos dos países en más de tres décadas. Para el presidente libanés Joseph Aoun, este diálogo debe servir para más que simplemente extender la tregua. Beirut busca transformar estas negociaciones en un proceso político más ambicioso que incluya la retirada israelí del sur del país, la liberación de detenidos y el inicio de la reconstrucción.
Sin embargo, las posiciones de partida están a años luz de distancia. Mientras Líbano quiere consolidar el alto el fuego como primer paso hacia una solución política más amplia, Israel condiciona cualquier progreso al desarme de Hezbolá. El ministro de Exteriores israelí Gideon Saar ha sido claro: el grupo chiita, respaldado por Irán, es el principal obstáculo para la estabilidad. Esta postura desplaza el conflicto bilateral hacia una dimensión regional más grande, donde el verdadero rival de Israel es Teherán, no Beirut.
El problema más inmediato es que no existen mecanismos claros para verificar si se respeta la tregua. La llamada "línea de defensa avanzada" establecida por Israel en el sur del Líbano es una zona gris donde casi cualquier movimiento puede interpretarse como amenaza. Israel justifica sus ataques diciendo que defiende a sus tropas de riesgos inmediatos, mientras que Hezbolá y el gobierno libanés los ven como violaciones directas del acuerdo. Este ciclo de acción y reacción erosiona día a día la credibilidad del alto el fuego. El caso más reciente fue brutal: el pasado 8 de abril, al menos cinco personas murieron en ataques en el sur libanés, entre ellas la periodista Amal Khalil, de 43 años, que trabajaba para el diario Al-Akhbar y cubría los eventos cuando un ataque israelí impactó cerca de la localidad de al-Tayri.
Dentro del Líbano, la situación es aún más complicada. El gobierno de Aoun apuesta por la diplomacia, pero no tiene control efectivo sobre Hezbolá, que rechaza explícitamente las conversaciones directas con Israel. Figuras como Wafiq Safa han dejado claro que el grupo no se considera vinculado por acuerdos negociados sin su participación. Esto limita drásticamente la capacidad del Estado libanés para comprometerse internacionalmente. Además, hay sectores políticos que critican tanto la estrategia militar de Hezbolá como los riesgos de negociar directamente con Israel, lo que refleja un país profundamente dividido sin consenso real.
Lo que sucede en Líbano no puede entenderse en aislamiento. El conflicto está entrelazado con la rivalidad entre Israel e Irán y con la implicación indirecta de Estados Unidos. Cuando Hezbolá atacó a Israel en marzo pasado en apoyo a Irán, quedó claro que el frente libanés funciona como una extensión de tensiones regionales mucho más amplias. Bajo este panorama, cualquier tregua en el Líbano es solo una pieza más de un tablero geopolítico enormemente complejo.
La verdad incómoda es esta: la extensión de la tregua dependerá de si las partes logran controlar a sus actores sobre el terreno y reducir las provocaciones. Sin ese control, cualquier acuerdo que firmen en Washington corre el riesgo de convertirse en papel mojado. Mientras tanto, civiles siguen pagando el costo de una negociación que avanza muy lentamente en salones climatizados mientras la violencia no da tregua en las calles.
Fuente original: France 24 - Medio Oriente



