Las mujeres cafeteras invisibles: cómo la informalidad limita el potencial exportador de Colombia

En las montañas cafeteras colombianas, las mujeres realizan tareas cruciales como la recolección y selección del grano, pero muchas no aparecen en registros formales. Esta invisibilidad las excluye de créditos, propiedad de tierra y asistencia técnica, lo que reduce la productividad general del sector. Expertos advierten que cerrar esta brecha de género no es solo un asunto de equidad: es clave para mejorar la competitividad del café colombiano en mercados internacionales.
En los cafetales colombianos existe un trabajo invisible que sostiene la cadena exportadora del país. Las mujeres siembran, recogen y seleccionan el grano que genera miles de millones en divisas, pero una proporción significativa de ellas no existe en los registros formales del sector. No son productoras "oficiales". Quedan en un limbo administrativo que, más allá de ser un problema de reconocimiento, tiene consecuencias económicas muy concretas para sus bolsillos y para la competitividad nacional.
Cuando una mujer productora no está registrada formalmente, queda excluida del sistema. No puede acceder a las líneas de crédito del Fondo Nacional del Café. No recibe asistencia técnica de la Federación. No puede comprobar su producción ante compradores internacionales que exigen trazabilidad, es decir, que puedan rastrear el origen exacto del grano. En un mercado donde los consumidores pagan más por café de origen identificado y con sello social, esa exclusión reduce directamente los ingresos de las fincas lideradas por mujeres. Julia Shaw, directora de Marketing de Devoción en Colombia, lo explica así: es necesario "reconocer un trabajo que durante mucho tiempo ha sido poco visible y de contribuir a un sector más equitativo".
Los números lo respaldan. Estudios del Banco Mundial y la FAO documentan que cuando las mujeres tienen igual acceso a recursos productivos que los hombres, los rendimientos por hectárea mejoran de manera sostenida. En el caso del café colombiano, donde la calidad depende en gran medida del cuidado en la recolección y selección (tareas que recaen mayoritariamente en manos femeninas), esa brecha tiene consecuencias directas en la taza final que llega al consumidor global.
Algunas iniciativas privadas ya están intentando corregir esto. Devoción, por ejemplo, impulsa el Women in Coffee Fund, que destina un porcentaje fijo de ventas de líneas específicas a proyectos liderados por productoras. Lo distintivo aquí es que las mujeres deciden cómo se invierte ese dinero, no intermediarios. Construyen desde adentro sus diagnósticos, ellas son protagonistas de la ejecución, y eso cambia los resultados.
Sin embargo, los esfuerzos privados pueden instalar precedentes y demostrar que el modelo funciona, pero difícilmente alcanzan para cerrar una brecha que lleva décadas acumulándose sin atención institucional suficiente. La pregunta que persiste es de escala: mientras una parte sustancial de quienes producen el café colombiano siga operando al margen del sistema formal, el potencial exportador del país seguirá siendo menor de lo que podría ser. La competitividad del café colombiano tiene nombre y género, y ese nombre está invisible en los registros.
Fuente original: Portafolio - Economía