La hermana olvidada de Mozart: la prodigia que inspiró al genio de la música clásica

Maria Anna Mozart, conocida como Nannerl, fue una virtuosa del piano que brilló en Europa siendo apenas una niña, acompañando a su hermano Wolfgang en giras por las grandes ciudades del continente. Sin embargo, cuando cumplió 18 años, su padre Leopold la sacó de los escenarios para proteger su reputación y sus oportunidades de casarse bien, una práctica común en la época. A pesar de esta interrupción forzada, Nannerl nunca abandonó la música: continuó tocando en privado, impartiendo clases y manteniendo correspondencia con su hermano, quien admiraba profundamente sus habilidades.
En una pared del museo dedicado a Mozart en Viena, Sylvia Milo descubrió algo que cambiaría su vida. Un retrato pequeño mostraba a una mujer sentada junto a Wolfgang, ambos frente al piano con las manos entrelazadas tocando las teclas. No era la esposa del compositor. Esa imagen despertó una pregunta que la persiguió: "¿Cuál es su historia?". Lo que encontró fue la de Nannerl, la hermana mayor del genio, y una historia de talento, sacrificio y resilencia que había permanecido en la sombra durante siglos.
Maria Anna Mozart, apodada Nannerl por su familia, nació el 30 de julio de 1751, cinco años antes que su hermano Wolfgang. Cuando tenía ocho años, su padre Leopold, violinista de la corte de Salzburgo, le enseñó a tocar el clavecín. El pequeño Wolfgang quedó fascinado escuchándola practicar. "Quería ser como ella", cuenta la musicóloga Eva Neumayr. Los historiadores confirman que en esa infancia temprana, Nannerl fue el ídolo musical de su hermano. Juntos crearon un idioma secreto, compartieron la música como un juguete, e incluso Wolfgang le escribía piezas donde su parte era simple y la de ella tenía las secciones más complicadas, demostrando así su admiración por las destrezas de su hermana.
Leopold no tardó en reconocer que tenía dos prodigios bajo su techo. Organizó giras que duraron más de tres años llevando a ambos niños por Alemania, Francia, Italia, Inglaterra y otras naciones europeas. Sus presentaciones ante la emperatriz María Teresa de Austria fueron especialmente exitosas. Por esa actuación, Nannerl y Wolfgang recibieron no solo 100 ducados de oro, sino también dos vestidos desechados de archiduques que usarían como vestuario en los conciertos. Cuando la niña tenía once años, el periodista alemán Friedrich Melchior Grimm escribió sobre ella en la Correspondance Littéraire: "Su hija, de once años, toca el clavecín de la manera más brillante; interpreta las piezas más largas y difíciles con una precisión asombrosa". Su padre, orgullo mediante, escribía en una carta de 1764: "Mi pequeña niña, aunque solo tiene 12 años, es una de las intérpretes más hábiles de Europa".
Pero cuando Nannerl cumplió dieciocho años, todo cambió de golpe. Leopold tomó la decisión de que su hija se quedara en Salzburgo mientras Wolfgang continuaba viajando. La razón oficial era ahorrar costos, pero la verdadera motivación era mucho más profunda: Leopold no quería que la reputación de su hija se manchara. "La reputación de una mujer se podía arruinar completamente si hacía una actuación por dinero", explica Milo. Ser pagada por tocar era considerado indecoroso por la alta sociedad, y una mujer con reputación cuestionable tendría pocas posibilidades de un buen matrimonio. Además, cualquier mancha en Nannerl afectaría las oportunidades de Wolfgang, porque en esa época la familia era una unidad indivisible.
Wolfgang sintió profundamente la ausencia de su hermana. Desde Italia, en 1770, le escribía: "Solo deseo que mi hermana estuviera en Roma, seguramente le gustaría la ciudad". También le mandaba sus composiciones para que ella las tocara y le pedía su opinión. Sin embargo, la vida de Nannerl siguió adelante. Su madre la enseñó los quehaceres domésticos, preparándola para ser una buena esposa. En 1784, con 33 años, se casó con Johann Baptist Franz Freiherr, un magistrado que había enviudado dos veces y tenía cinco hijos. Aunque se mudó a la pequeña localidad de Sankt Gilgen, nunca dejó la música. Daba clases privadas de piano, algo extremadamente inusual para una mujer a finales del siglo XVIII. De hecho, fue la primera profesora de piano en Salzburgo.
Las cartas que la familia intercambiaba revelan que Nannerl mantuvo viva su pasión musical pese a todo. En una misiva de 1777, agradecía a Wolfgang por enviarle el primer movimiento y el Andante de una sonata, confirmándole que ya los había tocado. Su padre Leopold escribía que ella practicaba tres horas diarias, a pesar de sus responsabilidades como esposa y madre. "Pero ella sabía que necesitaba tocar esas tres horas, que era bueno para su salud mental", comenta Milo. Tras la muerte de su marido, Nannerl incluso retomó algunos conciertos como solista, convertida ya en baronesa.
Lo que Milo encontró más impresionante fue la fortaleza de Nannerl. No se quebró ante una vida que, de repente, le quitó todo lo que había conocido. Mientras Wolfgang se convirtió en una leyenda, ella encontró su propio camino, más discreto pero no menos digno. Sus historias sobrevivieron en las cartas que escribió, en las composiciones que tocó, en los alumnos que formó. La hermana olvidada de Mozart nunca dejó de ser una Mozart, ni en su corazón ni en su música.
Fuente original: BBC Mundo - Últimas
