Israel y Líbano dialogan en Washington mientras mueren civiles y Teherán gana protagonismo

Israel y Líbano iniciaron su quinta ronda de conversaciones en Washington para consolidar un alto el fuego frágil, pero el encuentro está marcado por desconfianza mutua y acusaciones de violaciones de la tregua. Mientras Beirut exige la retirada militar israelí, Netanyahu insiste en el desarme de Hezbolá. El verdadero poder diplomático ha pasado a manos de Estados Unidos e Irán, cuyo acuerdo reciente ha dejado al Líbano con menos influencia en su propio destino.
La quinta ronda de negociaciones entre Israel y Líbano en Washington arrancó el 23 de junio bajo una sombra inquietante. Ese mismo día, dos civiles murieron en disparos israelíes cerca de Nabatieh al-Fawqa, en el sur libanés, mientras participaban en labores de limpieza y recuperación de cuerpos. Hezbolá denunció de inmediato que se trataba de una violación del alto el fuego vigente desde el 21 de junio. Israel argumentó que sus tropas actuaron contra presuntos combatientes de Hezbolá que operaban en una zona bajo control militar israelí y representaban una amenaza. El incidente dejó claro que ni siquiera una tregua nominal es suficiente para apaciguar las tensiones entre las partes.
Las posiciones de negociación resultan casi irreconciliables. Beirut, bajo el liderazgo del presidente Joseph Aoun, exige un calendario concreto para la retirada de tropas israelíes del territorio libanés. El Gobierno libanés considera que recuperar la plena soberanía territorial es indispensable para cualquier avance político. Israel, por el contrario, mantiene una línea inamovible: insiste en el desarme de Hezbolá como condición para cualquier solución duradera. Benjamin Netanyahu también ha dejado claro que sus fuerzas conservarán lo que denomina una "zona de seguridad" o de "amortiguación" en territorio libanés mientras considere que persisten riesgos. Un funcionario libanés resumió la parálisis en una frase al medio Reuters: "No podemos satisfacer sus demandas y ellos rechazan todas las nuestras".
El verdadero cambio en la dinámica diplomática no proviene de las conversaciones directas entre israelíes y libaneses, sino del acuerdo alcanzado recientemente entre Estados Unidos e Irán. Este memorando de entendimiento abrió una hoja de ruta de 60 días para reducir tensiones regionales e incluye mecanismos para contener enfrentamientos entre Israel y Hezbolá. Sin embargo, ha desplazado gran parte del protagonismo desde Beirut hacia las negociaciones entre Washington y Teherán.
La situación frustra a las autoridades libanesas. Joseph Aoun había defendido durante meses que cualquier solución debía surgir del diálogo directo con Israel, sin que actores externos negociaran aspectos del futuro del país sin participación de Beirut. La relativa reducción de violencia lograda a través del canal estadounidense-iraní, paradójicamente, ha reforzado el papel de Teherán como interlocutor clave y ha dejado al Gobierno libanés con un margen de maniobra aún más limitado.
Además, la forma en que Washington y Teherán interpretan sus propios avances sugiere poco espacio para optimismo. El vicepresidente estadounidense J.D. Vance habló de "bases sólidas" en inspecciones nucleares y gestión de activos bloqueados. Irán, en cambio, minimizó cualquier avance nuclear y enfatizó la suspensión de sanciones y el desbloqueo de fondos para proyectos económicos. Las diferencias incluso aparecieron en temas de inspecciones nucleares: mientras Washington afirmaba disposición para ampliar controles, responsables iraníes rechazaron públicamente esa interpretación.
Con miles de desplazados retornando gradualmente al sur del Líbano desde el 21 de junio, hay un mínimo de estabilidad. Pero las posturas fundamentales siguen siendo incompatibles. El control del sur libanés, la presencia militar israelí y el futuro de Hezbolá como organización armada permanecen como puntos de quiebre. A medida que Estados Unidos e Irán desarrollan en Suiza los detalles de su entendimiento, la quinta ronda de conversaciones en Washington parece condenada a mantener la dinámica actual: una tregua frágil sostenida por actores externos más que por la voluntad de las partes implicadas. Para Beirut, esto representa una pérdida de soberanía diplomática. Para la región, una paz que depende más de los equilibrios entre potencias que de los intereses de sus pueblos.
Fuente original: France 24 - Medio Oriente



