Investigadores analizan las causas médicas del sufrimiento de Jesús en la crucifixión

Un estudio de investigadores de la Clínica Mayo publicado en los años 80 analiza desde la medicina los síntomas y causas de la muerte de Jesús descritos en los evangelios. Los expertos sugieren que antes de la crucifixión ya estaba en estado crítico por la hematidrosis, los golpes, la falta de sueño y alimento. La causa principal de muerte habría sido la interferencia severa en la respiración causada por la posición en la cruz, junto con el agotamiento y la pérdida de sangre.
Durante la Semana Santa, cristianos de todo el mundo conmemoran la pasión y muerte de Jesucristo. Más allá del significado religioso, este evento también ha despertado el interés de investigadores médicos que han intentado explicar desde la ciencia lo que habría ocurrido en los últimos momentos de Jesús, basándose en los relatos de los evangelios.
Un estudio realizado por investigadores de la Clínica Mayo de Estados Unidos, publicado en los años 80 en la revista Journal of the American Medical Association, se enfocó en reconstruir las causas médicas de la muerte de Jesús. El equipo, liderado por el doctor William D. Edwards del departamento de patología, analizó los síntomas descritos en textos bíblicos y explicó los mecanismos fisiológicos que pudieron estar detrás de ellos.
Según el estudio, el evangelio de Lucas describe a Jesús en el monte de los Olivos en un estado de angustia extrema, relatando que "estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra". Los investigadores identifican esto como hematidrosis, una condición médica que ocurre bajo estrés emocional severo o en personas con trastornos hemorrágicos, donde la hemorragia en las glándulas sudoríparas deja la piel frágil y sensible.
Los expertos consideran que antes de ser crucificado, Jesús ya estaba en una situación crítica. La noche anterior fue sometido a juicios, golpeado, pasó sin dormir ni comer, caminó más de cuatro kilómetros entre distintos lugares, y sufrió una flagelación brutal con un látigo romano que tenía bolas de hierro y huesos atados a sus correas. Esta agresión produjo desgarros profundos en la piel y músculos, causando dolor intenso y pérdida considerable de sangre. Combinados, estos factores lo dejaron al borde del colapso circulatorio.
La crucifixión misma fue diseñada por los romanos como un método de ejecución que prolongaba el sufrimiento al máximo. Los clavos atravesaban los nervios de las muñecas causando dolor insoportable. Sin embargo, el mecanismo principal de muerte no fue la pérdida de sangre sino la interferencia con la respiración. El peso del cuerpo extendía los músculos del pecho, dificultando la exhalación pasiva. La respiración se hacía cada vez más superficial y laboriosa, llevando finalmente al fallo cardiorrespiratorio.
Los investigadores explican que la muerte ocurrió entre tres y seis horas después de la crucifixión, un tiempo que se justifica por el agotamiento extremo, la severidad de los azotes previos y la pérdida de sangre. Aunque reconocen que sin evidencia física es imposible afirmar con certeza si murió de rotura cardíaca o fallo cardiorrespiratorio, el análisis de pruebas históricas y médicas apunta a que Jesús ya estaba muerto cuando le fue infligida la herida en el costado.
Fuente original: El Tiempo - Vida