En San Andrés y Providencia, las carreras de caballos enfrentan un replanteamiento sobre tradición y bienestar animal

Las carreras de caballos en las islas tienen raíces que se remontan al siglo XVII, cuando los colonos ingleses las usaban como herramienta de transporte que eventualmente se convirtió en tradición. Hoy, aunque siguen siendo parte de la identidad local, han surgido preocupaciones sobre el impacto en el bienestar de los animales, especialmente por el crecimiento de las apuestas y nuevas prácticas de entrenamiento. Iniciativas como la de Liliana Montoya, que rescata caballos abandonados, buscan generar conciencia sin confrontar directamente la tradición, invitando a la comunidad a reflexionar sobre cómo evolucionar manteniendo la esencia cultural.
En las playas de San Andrés y Providencia, las carreras de caballos no son simplemente un espectáculo. Antes de que uno las vea, ya las siente: el galope sobre la arena, la gente concentrada en las orillas, la energía creciendo conforme se acerca el momento. Durante siglos han sido parte del tejido cultural de estas islas, un punto de encuentro donde conviven la tradición, la competencia y la comunidad.
Todo comenzó cuando los colonos ingleses llegaron alrededor de 1629 y, posteriormente, los vínculos comerciales con Jamaica se hicieron más fuertes. En ese entonces, los caballos eran herramientas esenciales: transportaban médicos, pastores, estudiantes y materiales de un lado a otro. Cuando terminaba la jornada de trabajo, las carreras surgían de manera casi natural. Lo que nació como necesidad terminó convirtiéndose en una tradición profundamente arraigada. Hoy esas competencias se realizan en lugares como Southwest Bay, en Providencia, donde siguen siendo un referente cultural para la gente raizal.
Pero con el tiempo las cosas han evolucionado, y no siempre de manera positiva. El dinero en juego ha crecido considerablemente, lo que ha traído más presión sobre los jinetes y, especialmente, sobre los caballos. Han aparecido nuevas formas de entrenamiento y herramientas diseñadas para mejorar el rendimiento, pero algunas de ellas afectan el bienestar de los animales. Estos cambios han comenzado a generar cuestionamientos incluso dentro de la misma comunidad.
En medio de este debate está Liliana Montoya, quien lleva 17 años en Providencia y decidió acercarse a los caballos desde una óptica completamente diferente: el respeto por la vida. Todo empezó en 2012 cuando una sequía extrema dejó a muchos caballos sin agua ni alimento, deambulando por las islas en condiciones precarias. "Era una situación bastante caótica", recuerda. Sin contar con muchos recursos, comenzó a recibir caballos desnutridos, heridos y yeguas embarazadas. En su punto más crítico llegó a cuidar 13 animales; actualmente mantiene siete de forma permanente y ha ampliado su trabajo a perros y gatos, apoyando campañas de esterilización y atención veterinaria.
Su apuesta no es la confrontación, sino la educación y la reflexión. "Hay que hacer conciencia, sobre todo en los niños", dice. Su postura es una invitación a observar con mayor cuidado, a cuestionarse sobre las prácticas tradicionales y a reconocer que las tradiciones también pueden cambiar sin perder su identidad. Porque el debate ya no es de blanco o negro: mientras algunos ven en las carreras una expresión genuina de quiénes son, otros las ven como una oportunidad para replantear la relación con los animales.
El verdadero reto no es elegir entre tradición o bienestar animal, sino comprender que uno no debería existir a costa del otro. San Andrés y Providencia están en ese punto de quiebre donde las tradiciones se miran al espejo y empiezan a preguntarse si pueden evolucionar manteniendo su esencia. La respuesta quizá no está en dejar atrás la historia, sino en aprender a relacionarse distinto con ella.
Fuente original: El Isleño
