En Beirut, miles de madres luchan contra la incertidumbre mientras esperan un retorno que nunca llega

Más de un millón de personas han sido desplazadas en el Líbano desde que Israel reanudó el conflicto, con miles viviendo en refugios improvisados sin agua ni servicios básicos. En el puerto de Beirut, familias como la de Rana habitan en antiguas instalaciones feriales convertidas en campamentos de emergencia que parecen volverse permanentes. Las escuelas funcionan como refugios colectivos, dejando sin educación a decenas de miles de niños, mientras negociaciones diplomáticas avanzan en medio de bombardeos intermitentes.
Rana llegó a Beirut después de recorrer una odisea de desplazamiento. Primero tuvo que abandonar Khiam, su pueblo en el sur del Líbano. Luego pasó por una escuela convertida en refugio, después por otro centro abarrotado donde apenas cabía un colchón. En cada lugar escuchó la misma promesa: sería cuestión de días antes de regresar. Pero los días se convirtieron en semanas, y ahora, instalada junto al puerto de la capital, enfrenta nuevamente la incertidumbre de tener que mudarse otra vez.
Entre los contenedores del puerto, el desplazamiento ha dejado de ser una emergencia temporal para convertirse en algo cotidiano. Lo que debería ser un campamento de tránsito se ha transformado en una acumulación de refugios precarios. Lonas azules sostienen estructuras metálicas, colchones reposan directamente sobre lo que alguna vez fue un estacionamiento, y telas rotas separan apenas las vidas unas de otras. El lugar transmite continuidad forzada, no temporalidad.
El recinto de Biel, diseñado para ferias y eventos, es ahora hogar improvisado de familias sin servicios básicos. No hay red de saneamiento adecuado, las duchas prácticamente no existen y el agua llega de forma irregular en camiones. La vida cotidiana está marcada por la escasez: Rana cuenta que "mis hijos intentan no beber mucho por la noche para no tener que salir al baño". La precariedad ha alterado completamente los ritmos básicos de existencia. Desde hace poco, las autoridades libanesas desmontan estructuras y presionan para trasladar familias hacia otros refugios. Muchos desplazados desconfían: "Allí la gente duerme una encima de otra", dice Rana sobre los destinos propuestos, "Aquí al menos todavía tenemos un poco de espacio".
La crisis educativa refleja el colapso humanitario. Decenas de escuelas públicas han sido dañadas o convertidas en centros de acogida, interrumpiendo el curso escolar durante meses. Los hijos de Rana llevan casi tres meses sin clase. Según Naciones Unidas, entre 120.000 y 130.000 personas viven en refugios colectivos oficiales en condiciones de hacinamiento extremo, con más de diez personas compartiendo espacios cerrados. Las aulas vacías se han convertido en dormitorios y pasillos en camas.
La situación general sigue marcada por una tregua sin certeza. Imran Riza, coordinador humanitario de la ONU para el Líbano, declaró que las negociaciones entre Líbano e Israel "ofrecen una oportunidad crucial para poner fin a la guerra entre Israel y Hezbolá", pero advirtió que "los bombardeos aéreos y las demoliciones continúan diariamente, causando pérdidas inaceptables entre civiles e infraestructuras civiles". Más de un millón de personas han sido desplazadas desde el inicio del conflicto en marzo, con un saldo de más de 3.200 muertos.
Para Rana, el retorno se ha convertido en una pregunta sin respuesta. Cuando le preguntan por su casa en el sur, su respuesta es tajante: "Ya no existe". Cuando se le cuestiona sobre volver, su reflejo es más profundo: "¿Volver a dónde? ¿Volver a qué?". El desplazamiento repetido ha erosionado no solo sus referencias geográficas sino su noción de futuro. Su hijo mayor preguntó si Beirut es ahora su barrio; ella no supo qué responder.
Al atardecer, el hormigón del puerto se confunde con las sombras mientras contenedores, generadores y tráfico mantienen su ruido incesante. Los niños juegan donde otros cocinan y duermen. Cuando se le pregunta qué es Biel, Rana tiene una respuesta que resume la realidad de miles: "Esto no es un asentamiento. Es una espera". Y esa espera, para quienes han sido desplazados una y otra vez, ya no describe un intervalo temporal. Es una forma de vida que ha perdido la noción de cuándo termina.
Fuente original: France 24 - Medio Oriente



