El inodoro moderno está obsoleto: ¿por qué rechazamos tecnologías más ecológicas?
El inodoro que conocemos hoy es un derrochador de agua y contamina ecosistemas con medicinas disueltas en las aguas residuales. Existen alternativas más inteligentes que separan la orina de las heces, pero fracasan comercialmente porque los usuarios se sienten incómodos con el cambio. La barrera no es tecnológica sino psicológica: aprendemos desde niños que nuestros desechos son tan repugnantes que deben desaparecer de inmediato y sin verlos.
Cuando Sir John Harrington diseñó el primer inodoro moderno en 1596 para la reina Isabel I, y luego Alexander Cummings perfeccionó la trampa S en 1775, probablemente no imaginaron que estaríamos usando la misma tecnología casi cinco siglos después. Lo interesante es que el inodoro actual no es tan perfecto como creemos. De hecho, es un enemigo del planeta que merece ser cuestionado.
En una casa promedio en el Reino Unido, los inodoros devoran al menos el 30% del consumo de agua del hogar. Eso significa que cada persona gasta aproximadamente 12.000 litros al año solo para hacer desaparecer nuestros desechos. Pero aquí viene lo preocupante: cuando jalamos la cadena, estamos contaminando de forma innecesaria. La orina representa apenas el 1% de lo que descargamos, pero concentra el 90% del nitrógeno de las aguas residuales, el 50% del fósforo y la mayoría de los medicamentos que consumimos disueltos. Esos fármacos en pequeñas cantidades pueden afectar a humanos y vida marina.
Por eso surgieron propuestas como el inodoro NoMix, un diseño inteligente que separa líquidos de sólidos. Los hombres se sientan para orinar hacia la parte delantera, las mujeres apuntan cuidadosamente, y lo sólido va a la parte trasera. La orina se recoge sin necesidad de descargar agua. El concepto es brillante desde el punto de vista ambiental. Sin embargo, cuando se instalaron prototipos en edificios europeos, algo extraño pasó. Tove Larsen, ingeniera química del Instituto Federal Suizo de la Ciencia y Tecnología del Agua, lideró una investigación de seis años sobre estos sanitarios. Descubrió algo revelador: "A pesar de que el 80-85% de la gente pensaba que era realmente una buena idea, a medida que convivieron más tiempo con los inodoros, se tornaron más críticos hacia esta tecnología, que todavía no está del todo madura". La empresa productora simplemente abandonó el proyecto por considerar demasiados riesgos comerciales.
¿Qué está pasando aquí? La respuesta está en nuestra cabeza, no en la ingeniería. Nick Haslam, quien escribió un libro en 2012 sobre la psicología del cuarto de baño, lo explica de esta manera: cualquier cambio que nos obligue a ser conscientes del proceso de eliminación nos genera incomodidad inmediata. Nuestros inodoros actuales ofrecen una experiencia tipo "ojos que no ven, corazón que no siente": jalamos la cadena y todo desaparece mágicamente. Esa invisibilidad es adictiva.
Desde la infancia aprendemos que lo que nuestro cuerpo produce es tan repugnante que debe desaparecer totalmente y al instante. La privacidad moderna transformó algo que en el Imperio Romano era completamente social, incluso en letrinas con 80 asientos simultáneos, en un acto que hoy consideramos vergonzoso si se expone. Esa carga psicológica es tan fuerte que frustra cualquier intento de revolucionar el inodoro, aunque la ciencia demuestre alternativas perfectamente funcionales y ecológicas. No es nuestra falta de innovación la que obstruye el progreso. Es nuestra propia reacción psicológica la que mantiene el sistema antiguo en su lugar.
Fuente original: BBC Mundo - Tecnología
