Devuelven al mar 300 kilos de caracoles y organismos: un triunfo pequeño frente a un problema grande

Cerca de 300 kilogramos de organismos marinos fueron restituidos al océano en una operación que muestra capacidad de respuesta de las autoridades ambientales. Sin embargo, el hecho de que estas cantidades se extraigan regularmente del archipiélago revela que el tráfico ilegal es una práctica extendida y preocupante. Expertos advierten que proteger estos ecosistemas requiere más que recuperaciones puntuales: necesita educación ciudadana y control efectivo en toda la cadena de comercialización.
Cuando devuelven caracoles y conchas al mar, hay algo que celebrar. La reciente restitución de casi 300 kilogramos de organismos marinos representa un pequeño pero real triunfo de la institucionalidad ambiental en Colombia. Cada concha que regresa a su hábitat cuenta, porque detrás hay esfuerzo coordinado y conciencia ecológica. Pero también genera una pregunta incómoda: cómo es posible que semejante cantidad de vida marina se haya extraído, transportado y guardado lejos del agua en primer lugar.
El problema es que esto no parece ser un caso aislado. La repetición año tras año de estos decomisos sugiere que estamos frente a una práctica normalizada, no a excepciones. Y eso debería preocuparnos. Las conchas, los corales y los caracoles no son simples souvenirs para llevar de vacaciones. Son piezas fundamentales de ecosistemas vivos que protegen nuestras playas, alimentan la biodiversidad y nos defienden naturalmente de la erosión y los fenómenos climáticos extremos. Cuando se extraen, el daño es real y profundo.
Es cierto que las autoridades ambientales y las fuerzas de control están respondiendo. El operativo muestra que hay capacidad institucional. Pero aquí está el núcleo del asunto: recuperar lo perdido es valioso, pero debería ser el último recurso, no la estrategia principal. Lo urgente es evitar que siga desapareciendo. Y para eso hace falta algo que no se decomisa en ningún operativo: cambio cultural.
Porque el tráfico persiste, se adapta y, en cierto modo, se tolera. La cadena es larga. No solo se trata de quién extrae. También importa quién compra, quién transporta, quién vende en las tiendas de regalos, quién lleva una concha en la maleta sin pensar en consecuencias. Mientras haya demanda, habrá extracción. Y mientras no se entienda que esas conchas son vida, no habrá control suficiente.
El llamado es claro: proteger el patrimonio natural del archipiélago no es tarea de un decreto ni de un operativo. Requiere educación seria, control efectivo en toda la cadena y un cambio profundo en cómo entendemos la naturaleza. Cada caracol devuelto al mar hoy es una victoria. Pero la verdadera victoria será cuando dejen de necesitar devolverlos.
Fuente original: El Isleño

