De víctima a combatiente: la misión de quien sobrevivió a una enfermedad mortal en África

Andrew Ochieng sobrevivió a la leishmaniasis visceral, una enfermedad parasitaria tan mortal como la malaria, y ahora recorre en motocicleta la región entre Kenia y Uganda para detectar casos y salvar vidas. El tratamiento actual es doloroso y requiere 34 inyecciones, pero hay avances: nuevas combinaciones de medicamentos que reducen el número de inyecciones y los riesgos. La enfermedad afecta principalmente a las poblaciones más pobres, donde la desnutrición y las condiciones de vida precarias aumentan la vulnerabilidad.
Andrew Ochieng se sube a su motocicleta cada mañana con kits de pruebas médicas, casco y una misión clara: detectar la leishmaniasis visceral antes de que mate. Esta enfermedad, conocida localmente como Kala-azar, es tan letal como la malaria pero casi nadie ha oído hablar de ella. Ochieng la conoce íntimamente porque casi lo mata cuando tenía doce años.
Recuerda el calvario como si fuera ayer. "Me sentía fatal", cuenta, describiendo una fiebre que duró semanas y un cuerpo que se sentía como si "lo hubiera atropellado un camión de 18 ruedas". Su familia, desesperada, lo llevó con un curandero tradicional que le cortó el estómago con una cuchilla de afeitar y lo ungió con estiércol de camello y vaca quemado. Finalmente recibió atención médica, pero tuvo que aguantar 60 inyecciones en casi dos meses. Hoy lleva cicatrices de ese ritual en el torso. Decidió que otros no pasarían por lo mismo.
Ahora trabaja como movilizador comunitario para una organización sin fines de lucro que busca combatir enfermedades olvidadas. En aldeas como Akorikeya, en Uganda, instala su puesto bajo un árbol de acacia donde examina a los habitantes, prestando especial atención a los niños. Busca inflamación del bazo, uno de los síntomas clave, y realiza pruebas rápidas que dan resultado en diez minutos. Cuando encuentra un caso, lo transporta en su motocicleta hasta el hospital más cercano. En un mes normal puede visitar hasta 16 aldeas, viajando por paisajes áridos donde las comunidades pokot se desplazan constantemente para alimentar a sus animales, lo que dificulta el seguimiento de pacientes.
La realidad es brutal: más de 600 millones de personas en el mundo corren riesgo de contraer leishmaniasis visceral, y si no se trata tiene una tasa de mortalidad del 95%. Entre 50.000 y 90.000 personas la contraen anualmente, aunque muchos casos nunca se reportan. La transmiten mosquitos llamados flebótomos, y causa fiebre, pérdida de peso, inflamación del hígado y bazo, incluso psicosis. Lo más preocupante: la mitad de los casos ocurren en menores de 15 años.
El tratamiento actual es casi tan aterrador como la enfermedad misma. Los pacientes reciben inyecciones dos veces diarias durante 17 días, sumando 34 inyecciones de medicamentos que tienen efectos secundarios potencialmente mortales en el corazón, el hígado y el páncreas. Sin embargo, hay avances: una nueva combinación de miltefosina y paromomicina demostró una eficacia superior al 91% en ensayos clínicos, requiere una inyección menos al día y es tres días más corto, además de tener menos riesgos cardíacos.
Pero hay algo más profundo en el problema. Joy Malongo, gerente de acceso de la organización, lo resume así: "La leishmaniasis visceral afecta únicamente a los más pobres entre los pobres: quienes padecen desnutrición crónica y duermen en lugares sin suelo de cemento". La desnutrición, la falta de saneamiento, el desplazamiento de poblaciones y factores como el cambio climático que favorecen la reproducción del mosquito transmisor, son las verdaderas raíces del problema. Ochieng lo ve en cada aldea: familias que comen una sola vez al día, niños con síntomas de enfermedad y comunidades que desconfían de la medicina moderna porque asocian el dolor de las inyecciones con efectividad.
Aún así, hay esperanza. El doctor Patrick Sagaki, quien ha tratado leishmaniasis visceral en Uganda desde 2007, afirma que la eliminación de esta enfermedad es posible si se hacen las intervenciones correctas. Bangladesh lo demuestra: allí identifican casos rápidamente y el acceso al tratamiento es fácil. Lo que Ochieng hace cada día en su motocicleta, recorriendo aldeas remotas bajo el sol de la región fronteriza, es exactamente eso: intervención temprana, diagnóstico rápido y acceso al tratamiento. Para personas como Chemket Selina, quien Ochieng diagnosticó hace años, esa intervención significó la diferencia entre la muerte y la vida.
Fuente original: BBC Mundo - Economía