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Colombia eligió: dos mitades del país buscan construir un destino común

Fuente: Diario del Norte

Colombia demostró su fe en la democracia el domingo pasado con una votación cerrada que reflejó la polarización del país. Abelardo De la Espriella llega a la Presidencia sin arrolladora mayoría, sino sobre una relativa que reconoce dos visiones legítimas de nación. El nuevo presidente tiene ante sí retos estructurales: regiones abandonadas, economía desigual y juventud sin horizonte, todo mientras debe gobernar con una oposición que representa casi la mitad del país.

Cuando las urnas cierran y se cuentan los votos, la democracia toma aire. Y Colombia, a pesar de sus cicatrices políticas y de una polarización que parecía casi permanente, comprobó este fin de semana que sus ciudadanos todavía creen en el voto. Que siguen confiando, aunque sea de mala gana, en sus instituciones. Que prefieren las papeletas sobre las pancartas.

Pero el resultado fue apretado. Incómodamente apretado. Y esa molestia es un mensaje que ningún gobernante puede pasar por alto. Abelardo De la Espriella llega a la Casa de Nariño no sobre una ola masiva de apoyo, sino sobre el filo de una mayoría relativa que retrata con precisión lo que es Colombia hoy: un país dividido entre dos formas de ver el mundo, dos sensibilidades políticas distintas, dos preocupaciones diferentes sobre un mismo futuro.

De un lado están los millones que respaldaron la candidatura progresista de Iván Cepeda, que siguen creyendo en cambios de fondo, que ven la justicia social como una deuda pendiente. Del otro lado, millones que eligieron orden, institucionalidad y seguridad: colombianos que sienten que no se puede construir nación sobre bases corroídas por la inseguridad. Ambas voces son válidas. Ambas necesitan ser escuchadas.

En su primer discurso, el presidente electo tuvo la chance de elevarse por encima de lo inmediato. Y lo hizo. Sus palabras no fueron de quien festeja victoria sobre derrota ajena. Hablaron de unidad. Hablaron de respetar a la oposición. Hablaron de que la paz verdadera nace de la justicia, no de la impunidad. Hablaron de un gobernante que entiende que su mandato es para todos, no solo para sus seguidores.

Lo que sigue es más difícil. Las palabras bonitas no pesan si no van seguidas de hechos. La historia de Colombia está llena de buenos discursos que se evaporaron en la realidad de un Estado capturado por intereses, corrupción o simple incapacidad. De la Espriella enfrenta retos que no son retóricos sino estructurales: regiones olvidadas como La Guajira, el Chocó, el Pacífico y la Amazonía que llevan décadas esperando que el Estado llegue. Una economía que necesita inversión sin pisotear derechos laborales. Una juventud que no quiere promesas sino empleo, educación de verdad y un futuro con sentido.

Lo más urgente quizás sea gobernar con una oposición que, aunque perdió en las urnas, representa casi la mitad del país. Ignorarla sería un error. Perseguirla sería autoritario. Escucharla podría ser el camino hacia una Colombia distinta: la que supera la grieta no borrando diferencias, sino aprendiendo a construir sobre ellas.

La democracia colombiana sobrevivió esta elección. En tiempos en que el continente lucha contra tentaciones autoritarias, contra erosiones silenciosas del Estado de derecho, Colombia volvió a demostrar que sus instituciones, aunque imperfectas, todavía funcionan. Ahora al presidente le toca el turno: demostrar que la democracia no solo sobrevivió sino que bajo su gobierno puede crecer. Más justa. Más incluyente. Capaz de responder a una nación que nunca ha sido uniforme ni lo será. El reto no es pequeño. El país que recibe tampoco. Pero la historia no perdona a quienes desperdician las oportunidades que ofrece.

Fuente original: Diario del Norte

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