Colombia elige con el país dividido a la mitad: el dilema de gobernar sin mayorías
La segunda vuelta presidencial dejó un resultado tan cerrado que refleja una nación profundamente fracturada en dos mitades casi iguales. El ganador llega al poder con legitimidad numérica pero debilidad política real, enfrentándose a un Congreso fragmentado y una ciudadanía vigilante. Los expertos advierten que sin consensos amplios, el nuevo gobierno enfrentará parálisis institucional, pues la era de los mandatos con cheque en blanco ha terminado.
La jornada de segunda vuelta presidencial en Colombia cerró con un panorama que los números hacen evidente pero que la gobernabilidad complica: el país se dividió casi exactamente por mitades entre dos grandes corrientes políticas. Más allá de la cifra que da al ganador su victoria formal, los resultados confirmaron lo que muchos ya presentían: Colombia está fracturada en su anatomía social, y la victoria electoral de uno dejó intacta la fuerza del otro.
Durante esta campaña, la sociedad experimentó una polarización sin precedentes que trascendió lo puramente ideológico para volverse personal y visceral. Las redes sociales y los espacios públicos se convirtieron en trincheras donde la gente se vio obligada a elegir entre dos realidades paralelas que parecían irreconciliables. El costo más alto lo pagó el tejido social, fracturado en el camino.
Lo que pasó en las campañas refleja un deterioro preocupante en la manera de hacer política en el país. Los candidatos y sus equipos apostaron menos por convencer con propuestas viables y más por capitalizar el miedo y el resentimiento. La política colombiana cambió los grandes acuerdos de largo plazo por eslóganes de quince segundos, descalificaciones mutuas y promesas de soluciones mágicas a problemas que son estructurales. El contenido quedó atrás y el espectáculo tomó el control.
Este escenario conecta directamente con lo que plantea el escritor Moisés Naím en su libro El fin del poder. Naím explica que en el siglo XXI el poder es más fácil de obtener pero mucho más difícil de usar y más fácil de perder, justamente por la degradación de las grandes instituciones tradicionales. El autor advertía que la próxima generación política enfrentaría un escenario donde el poder no se concentra sino que se pulveriza, obligando a los gobernantes a lidiar con sociedades divididas en partes exactamente iguales. Colombia acaba de escenificar eso a la perfección en las urnas.
El nuevo presidente llega a la Casa de Nariño con legitimidad numérica pero con una debilidad política intrínseca. En este nuevo panorama que Naím describe, las mayorías absolutas y los cheques en blanco para gobernar ya no existen. Quien asuma el poder se encontrará de inmediato con un Congreso atomizado, regiones con agendas opuestas y una ciudadanía vigilante que no regalará tregua ni períodos de gracia. Gobernar será un desafío diario de supervivencia.
Colombia necesita con urgencia pasar de la política de trinchera a la política de consenso. Si la mitad del país no se siente representada por el nuevo gobierno, imponer una agenda radical sin acuerdos solo llevará a parálisis institucional o a crisis permanente. El consenso ya dejó de ser un acto de generosidad política para convertirse en una necesidad aritmética: sin él, el Estado simplemente no funciona.
El verdadero reto no está en las cifras económicas ni en los planes sectoriales, sino en reconstruir la confianza colectiva. Si los líderes políticos no entienden que la fragmentación social es el mayor peligro para la democracia, el país seguirá atrapado en un ciclo de alternancias revanchistas donde el poder se reduce a un trofeo pasajero mientras la sociedad permanece dividida, esperando soluciones que la política tradicional ya no parece capaz de entregar.
Fuente original: Minuto30


