Seis meses sin rastro: la angustia de una madre que busca a su hijo taxista desaparecido en Barranquilla

Cristian David Pahuana Padilla desapareció el 5 de septiembre de 2025 desde el Malecón de Barranquilla junto a su taxi. Su madre, doña Marta, lleva medio año sin noticias de él ni del vehículo. La Fiscalía solo tiene como pista un punto del GPS en el barrio San Isidro, y la familia enfrenta rumores que culpabilizan a la madre mientras busca respuestas sobre el paradero de su único hijo.
A las tres y cuarenta y cinco de la tarde del 5 de septiembre de 2025, Cristian David Pahuana Padilla hizo una videollamada a su madre desde el Malecón. Preguntaba si llovía, qué quería que le llevara de comer, y prometió volver a llamar cuando llegara a casa. Nunca volvió. Seis meses después, ni él ni su taxi Hyundai Atos han aparecido. Es como si ambos se hubieran desvanecido de la ciudad, dejando solo preguntas y dolor en la Ciudadela Metropolitana de Soledad, donde vive doña Marta, su madre.
Doña Marta recuerda cada detalle de esa última conversación porque la ha revivido cientos de veces. Cristian le preguntó qué quería que le llevara, pero luego cambió de idea: "No, mami, mejor cuando vaya para la casa te vuelvo a llamar para llevarte algo rico". Eso fue lo último que escuchó de su hijo. A las seis de la tarde debía estar de regreso. El reloj pasó las seis, pasó la medianoche, y el teléfono de Cristian se apagó. Esa noche ella caminaba por el pasillo de su casa como si tuviera fuego adentro, repitiendo una y otra vez: "Cristian no ha llegado… raro, raro". A las dos de la mañana dejó de ser un pensamiento y se convirtió en alarma pura.
Pudo formalizar la denuncia el 8 de septiembre, iniciando un calvario a través de las instituciones oficiales. Desde entonces, la Fiscalía no ha encontrado rastros significativos. Lo único que tienen es un punto frío en un mapa: la última ubicación del GPS marcó el barrio San Isidro y nada más. El taxi nunca volvió a moverse. No apareció abandonado, no apareció calcinado, no apareció desguazado. Es como si hubiera dejado de existir, y eso es lo que más asusta. Doña Marta repite sin entender: "No hay rastro de él… pero tampoco del taxi. Nada. Absolutamente nada".
Lo que duele aún más que la ausencia son las voces que la rodean. Después de seis meses, ella enfrenta rumores que crecen más rápido que la búsqueda oficial. Le dicen que ella sabía dónde estaba Cristian, que estaba muy tranquila, que era raro que siguiera llevando a su nieta al colegio. Algunos hasta apedrearon su casa. Le dicen que no grita lo suficiente, como si existiera una forma correcta de perder un hijo. Doña Marta se quiebra al contar esto: "¿Tú crees que uno actúa este dolor? ¿Tú crees que yo voy a inventar algo así?". Lo que hace es respirar para mantener a su nieta de pie. Nada más.
Cristian no tenía lujos ni dinero. Era un hombre que vivía del día a día, manejando su taxi por Barranquilla. Su amigo Ángel, uno de los últimos que lo vio, lo describe como alguien honesto, sin pretensiones, sin un peso en el bolsillo. "Ese pelado era honesto. No era ostentoso. No tenía un peso… Y aun así lo quieren pintar como un malandro", dice Ángel con rabia más que tristeza. El viernes que desapareció, Cristian había comprado ropa nueva con dinero que ganó ese día. La ropa sigue doblada, esperándolo.
Los primeros días después de la denuncia sonaron llamadas de números desconocidos. Voces pedían dinero, afirmaban tener a Cristian, prometían pruebas de vida. Una dijo que enviaría "las orejitas con los aretes", pero Cristian nunca tuvo las orejas perforadas. Otra pidió dos millones de pesos. Eran fraudes, extorsiones aprovechándose del dolor de una madre. Doña Marta afirma que esas llamadas extorsivas empezaron justo después de que puso la denuncia por desaparición forzada.
Lo que pide doña Marta no es venganza ni indemnización. Pide claridad. Pide poder encontrar a su hijo, llorarlo, enterrarlo, vivir su duelo. "Si Dios me lo reclamó, yo acepto su voluntad… pero déjenme encontrarlo", dice ella. Recuerda a Cristian como alguien alegre, siempre bailando, creyente, que nunca se metió en nada malo. "Vivo o muerto, ¿Por qué no me lo devuelven?", pregunta como una aguja en el pecho. Mientras tanto, en su casa en Soledad, ella sigue respirando para mantener a su nieta de pie, esperando que alguien le devuelva aunque sea un cuerpo que enterrar.
Fuente original: El Tiempo - Colombia

