Óscar Parra Barrios llevó la voz de La Guajira a la Filbo 2026 con su poesía de resistencia

Óscar Parra Barrios, poeta guajiro y gestor cultural, cautivó a los visitantes de la Filbo 2026 en Bogotá con su trabajo dedicado a las comunidades rurales de La Guajira. Su participación fue posible gracias al Programa "Artes para la Paz" del Ministerio de las Culturas y la Universidad del Magdalena. El poeta regresa a su región con el objetivo de fortalecer Filwa, su proyecto de feria del libro que busca conectar a niños de municipios como Riohacha, Manaure, Uribia y Maicao con nuevas posibilidades de imaginación.
En medio del bullicio de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, entre miles de visitantes y el aroma inconfundible de los libros recién impresos, se abrió paso la voz de un poeta diferente. Óscar Parra Barrios llegó a la capital como embajador de una verdad que no necesita gritos: la de que la poesía vive también en las rancherías guajiras, en los pies descalzos de la ruralidad, en los espacios que el mercado editorial tradicional frecuentemente olvida.
Con el acento de quien viene desde Aracataca y el alma de gestor cultural, Parra se movió por los pasillos de la Filbo como quien conoce que cada encuentro es sagrado. Su participación en el Pabellón Colombia, donde participó en espacios como talleres de animación de lectura, reveló algo que va más allá de las métricas de venta de libros: el brillo en los ojos de un joven que finalmente se siente visto, reconocido en su humanidad.
La presencia del poeta en Bogotá fue posible gracias a la articulación entre el Programa "Artes para la Paz" del Ministerio de las Culturas y la Universidad del Magdalena. Larry Iguarán Vergara, desde el Fondo Mixto de Cultura de La Guajira, gestionó además que Parra pudiera extender su tiempo en la capital para conectarse con la Biblioteca Nacional y el Centro de la Memoria Histórica, ampliando así el alcance de su labor.
Detrás de Parra está Filwa, su Feria del Libro de La Guajira, un proyecto que trasciende las siglas para convertirse en un puente real entre niños de Riohacha, Manaure, Uribia y Maicao con la posibilidad de imaginar mundos distintos al que les rodea. Es la apuesta de alguien que entiende que la poesía no es un lujo para salas de arte, sino un abrazo necesario, una herramienta de resistencia y supervivencia emocional.
El poeta regresa a su tierra con la convicción de que lo que ha sembrado en Bogotá trascendió el papel. Deja tras de sí la semilla de una conciencia renovada: la de entender que quienes escriben desde la periferia, quienes insisten en contar historias que el sistema preferiría olvidar, son los que sostienen la brecha cuando todo parece indicar que no hay salida. Esa terquedad hermosa de seguir apostándole a la vida es, quizá, su mayor premio.
Fuente original: La Guajira Noticias