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Niños del Centro El Refugio vieron el mar por primera vez y no quisieron irse

Fuente: El Tiempo - Vida
Niños del Centro El Refugio vieron el mar por primera vez y no quisieron irse
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Un grupo de menores en situación vulnerable del Centro de Mejoramiento Humano El Refugio en Envigado realizó su primer viaje al océano, cumpliendo un sueño que llevaban tiempo anhelando. La experiencia fue sorpresiva y transformadora para los niños, quienes descubrieron nuevos horizontes y se sintieron seguros y cuidados durante toda la travesía. El viaje fue posible gracias al apoyo de personas particulares que colaboran con la fundación hace varios años.

Cuando los niños y niñas del Centro de Mejoramiento Humano El Refugio llegaron al mar, sus reacciones lo dijeron todo. "Mary, qué nos quedáramos viviendo por aquí y poder estar todos los días cerquita al mar", expresó uno de ellos. Otro simplemente comparó esa experiencia con algo más cercano a su realidad: "el mar es como una piscina grande, tan bueno como podemos jugar con las olas". Estos menores nunca habían visto el océano, pero durante mucho tiempo lo soñaban. Cuando finalmente llegó el momento, muchos de ellos no quisieron salirse del agua.

La fundación El Refugio es una institución sin ánimo de lucro que atiende a niños y niñas en alto riesgo: hijos de madres que se dedican a la prostitución, víctimas de maltrato, hijos de padres adictos, y menores que enfrentan desnutrición o analfabetismo. Fue creada hace 39 años en Medellín como un simple centro nutricional que repartía alimentos a los hijos de personas en situación de calle. Con el tiempo, reconocieron la necesidad de ofrecer una atención más integral. Luz Marina Velásquez, conocida como Mary, es la encargada de cuidar a los niños y explica su misión: "Queremos que nuestros niños tengan mejores oportunidades para su presente y futuro, por eso les ofrecemos las herramientas para que puedan estudiar, ser profesionales y salir adelante".

El viaje fue cuidadosamente planeado. Solo dos días antes de partir, Mary les reveló el verdadero destino. Antes les había dicho que irían a una finca, queriendo mantener la sorpresa para evitar que los niños se llenaran de ansiedad. Cuando les comunicó la noticia, los reunió alrededor de una mesa y les entregó una carta especial dirigida a cada uno, firmada por el mar: "Yo soy el mar; y he escuchado tu nombre en el viento; aunque aún no me conoces, he estado esperando el día en que vengas a verme. Quiero invitarte a una aventura especial: a caminar por mi arena suave, a sentir mis olas en tus pies, a descubrir mis colores y conocer mis secretos".

Viajaron en autobús por la nueva vía que conecta a Medellín con la costa caribeña. Cuando llegaron, lo primero fue correr hacia el mar. Mary recuerda: "Fue una sensación de alegría, de tranquilidad. El mar los recibió muy bien, como si los estuviera esperando". El timing fue perfecto: no era temporada alta, así que tuvieron la playa casi para ellos solos. El clima también favoreció: no hacía mucho calor, los mosquitos no molestaban y el oleaje era seguro para que jugaran. Los niños disfrutaron armando castillos de arena, buscando cangrejos, montando en el gusanito (esos inflables jalados por lancha), en lancha y en moto acuática. Por las noches seguían activos, buscando estrellas de mar.

Para la mayoría era su primera vez fuera de Medellín, lejos de sus hogares y familias. Pero en la playa comprendieron que en El Refugio son una verdadera familia que se cuida. Una de las adultas que acompañó el viaje reflexionó sobre lo que presenció: "Ver a los niños frente al mar fue uno de esos momentos que se quedarán grabados para siempre". Observó cómo tocaban el agua con timidez primero y luego con total entrega, permitiéndose creer que merecían cosas hermosas. Ella describe el impacto: "El mar no solo los tocó a ellos; también nos tocó a todos los que estuvimos allí, recordándonos por qué vale la pena soñar, cuidar y abrir caminos para que ellos puedan imaginar un futuro más amplio y luminoso".

Los niños regresaban con historias inagotables. Jhojan, de siete años, disfrutó de la comida y la piscina. Elyd habló con emoción de lo grande que es el mar y de las fuertes olas. Miguel, de dieciséis, recordaba su entusiasmo en el bus: "Ya cuando íbamos no quería dormir porque quería que llegáramos. Me acuerdo de que cuando vi el mar quería ir de una a verlo y echarme ahí y nadar". Matías, de ocho, no olvidaba la gastronomía: "Allá se come pescado, pero al desayuno siempre chocolatico. Por las tardes pescadito pero a veces también nuggets de pollo y perros calientes". Valery, de dieciséis, sintetizó la experiencia: lo que más le gustó fue "conocer cosas nuevas, que no había visto y compartir con las personas con las que iba".

En un video grabado en el bus de regreso, todos aparecían sonrientes. Miguel miraba directo a la cámara con una sonrisa de oreja a oreja: "Muchas gracias por el mar, por traernos aquí y poder verlo". El grupo se despedía al unísono con un agradecimiento que resonaba genuino: "gracias por hacer realidad el sueño que queríamos". Así terminó, por ahora, el encuentro entre estos niños y el mar que los recibió como si realmente los hubiera estado esperando.

Fuente original: El Tiempo - Vida

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