Madre presente en mis días cortos y mis noches largas: un hijo recuerda a quien lo formó

Luis Eduardo Acosta Medina rinde homenaje a su madre en el Día de las Madres, evocando una vida dedicada al trabajo honrado, la educación de sus hijos y el servicio a su comunidad. A través de recuerdos intimistas, el columnista reflexiona sobre el legado intangible que ella dejó: valores, generosidad y una fe inquebrantable. La ausencia física de su madre contrasta con su presencia permanente en cada acción y decisión de su familia.
En la madrugada del Día de las Madres, Luis Eduardo Acosta Medina despierta con la angustia de una realidad que sigue doliendo. Mientras el mundo celebra, él lleva años guardando una herida que no cierra. Su madre se fue dejándolo como testigo de una vida bien vivida, y hoy, como cada año en estas fechas, la ausencia se siente más fuerte que nunca. La canción "Querida mamá" de Camilo Namen Rapalino retumba en su mente con esas palabras que podrían ser las suyas: "Mi papá se murió, y tú hiciste sus veces, nos uniste a todos y llevaste la rienda".
Recuerda que en una de esas madrugadas soñó que llegaba a casa y ella lo abrazaba, le decía algo al oído que no logró retener. Cuando despertó, la realidad golpeaba nuevamente. Pero eso que quiso decirle sigue vivo en cada uno de sus pasos, en cada decisión que toma para cumplir fielmente su voluntad. Su madre no murió el día que se fue; sigue presente mientras él circule por este mundo, guiando sus acciones.
Recorre mentalmente su niñez en esa casa sin servicios públicos, sin lujos materiales, pero abundante en algo que vale más que cualquier herencia: los valores que ella y su padre cultivaron en sus hijos. Eran tiempos duros, de apellidos peligrosos y patrimonio escaso, pero su madre eligió para ellos al mejor padre que pudo encontrar, un hombre inteligente, humilde y entregado a la defensa de los pueblos que amaba. Juntos educaron sin dinero, con generosidad sin esperar nada a cambio.
Ita, como la llamaban, fue una visionaria. Aprendió a leer y escribir gracias a la generosidad de alguien que se cruzó en su camino, porque nunca tuvo tiempo de ir a la escuela. A los quince años ya trabajaba, luego en su casa haciendo tabacos para vender. Esa falta de educación formal nunca la hizo sentir pobre: su inteligencia natural fue su mejor patrimonio. Fue pionera en el pueblo, llevó la primera nevera de petróleo, fue la primera vendedora de gasolina de la región, tuvo el primer picó. Pero su mayor legado fue entender, junto a su esposo, que el futuro de sus hijos estaba en las universidades públicas, no en acumular dinero o ganado.
Su corazón se enlutó para siempre cuando asesinaron a su hermano Calín, años antes de que Luis Eduardo naciera. Desde entonces, vistió de negro y blanco, llevando un duelo que trascendía la ropa. Eso marcó a una mujer que luego entregaría su vida a tender puentes, a resolver conflictos familiares, a que su palabra fuera escuchada y respetada no por su autoridad, sino por la sabiduría que emanaba de ella.
No heredó bienes materiales de sus padres, pero recibió algo infinitamente más valioso: el amor de su familia, sus amistades, sus ejemplos, su humildad y sus buenas costumbres. Con las manos vacías nació ella en Monguí, y con ellas vacías y laceradas por el trabajo honrado se fue. Sin arrepentimientos, sin que le importara la ingratitud de algunos, pero orgullosa de su obra y con Dios en el corazón.
Hoy, en estas horas de dolor que vuelven cada Día de las Madres, Luis Eduardo le habla a su madre como si la viera: "Estás junto a Dios, pero yo no estoy para darte los masajes por las noches, ni para cortarte las uñas. Sé que te hago falta, pero mucho más tú a mí". Sin embargo, ella sigue ahí, en los pasos que él camina, en las decisiones que toma, en la dignidad con que intenta vivir. Como ella misma decía, "El que se va, está mejor que quien se queda". Él ya lo entiende. Solo morirá el día que sus ojos se cierren para siempre.
Fuente original: Guajira News



