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Los diccionarios: guardianes imperfectos de un idioma que siempre les gana

Fuente: Las Noticias Cartagena

Con motivo del Día del Idioma, una reflexión sobre el papel real de los diccionarios: no son jefes del lenguaje, sino testigos de cómo la gente lo habla en la calle. El columnista Amylkar D. Acosta M invita a entender que las palabras nacen en la comunidad, no en las academias, y que los diccionarios apenas logran capturarlas cuando ya están cambiando. Un recordatorio de que dominar el idioma es dominar una herramienta para transformar el mundo.

Todos hemos abierto un diccionario con la esperanza ingenua de encontrar el significado exacto de una palabra y terminamos descubriendo algo más modesto: la opinión de unos académicos muy serios sobre lo que creen que debería significar. Pero esa es apenas la primera de las paradojas que rodean a estos artefactos curiosos que pretenden domesticar el idioma como si las palabras fueran animales salvajes listos para encerrar en jaulas alfabéticas.

La realidad es que los diccionarios no mandan sobre el lenguaje, aunque les guste fingirlo. Cumplen una función mucho más humilde y útil: dejar constancia de cómo hablamos cuando nadie estaba vigilando. Gabriel García Márquez, nuestro Nobel de la Literatura, lo dijo con claridad: "las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle. Los autores de los diccionarios las capturan casi siempre demasiado tarde, las embalsaman por orden alfabético, y en muchos casos cuando ya no significan lo que pensaron sus inventores". Para Gabo, todo diccionario "empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado y por muchos esfuerzos que hagan sus autores no logran alcanzar las palabras en su carrera hacia el olvido".

El diccionario presume de autoridad y habla en tono solemne, como si cada definición fuera un decreto inapelable. Pero el lenguaje, ese animal indisciplinado y difícil de domesticar, vive en la calle, errabundo, en la conversación, en el insulto creativo, en el chiste improvisado y en la poesía que nadie pidió. Mientras el diccionario intenta fijar el sentido de las palabras, la gente ya las ha torcido, ampliado, ironizado o vuelto al revés.

Incluso los que criticamos la pretensión académica del diccionario terminamos consultándolo en secreto, por fuerza de las circunstancias. Es como ese profesor gruñón al que uno critica durante años pero al que, en la intimidad, le pregunta las dudas. Sirve para orientarse, para discutir con más fundamento o simplemente para comprobar que una palabra que uno creía haber inventado ya estaba allá, esperando desde hace siglos.

El diccionario también tiene algo de cementerio respetable donde reposan, alineadas con impecable disciplina alfabética, palabras que alguna vez tuvieron vida intensa en la boca de la gente y que hoy nadie usa. Pero no solo conserva palabras muertas: también mira con desconfianza las vivas. Cada término nuevo nacido en la calle, las redes o la política popular es examinado como un portero viejo que estudia a un invitado mal vestido antes de dejarlo entrar. Solo después de años de uso y resignación académica logra el diccionario, finalmente, abrirle la puerta.

Consultar un diccionario es, en cierto modo, un acto ligeramente subversivo. Uno lo abre esperando obedecerlo y termina discutiendo con él. ¿De verdad esa palabra significa solo eso? ¿Quién decidió que tal definición es la correcta? ¿Dónde quedaron los matices, las ironías, las intenciones a veces dobles con que la usamos todos los días?

Al final, el diccionario es útil, desde luego. Pero no porque tenga la última palabra, sino porque demuestra, con admirable paciencia, que la última palabra en el idioma no la tiene nadie, ni siquiera quienes presumen tenerla. Y mucho menos el diccionario. Esos son los recovecos de los diccionarios: su mayor fortaleza radica en reconocer, al fin de cuentas, que el idioma no pertenece a nadie en particular, sino a todos los que lo usamos, lo cuidamos y, sobre todo, lo reinventamos a diario.

Fuente original: Las Noticias Cartagena

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