Las madres que sacrifican todo para que sus hijos suenen al ritmo del acordeón vallenato

En el Festival de la Leyenda Vallenata, detrás de cada niño acordeonero hay madres que rezan, lloran y se sacrifican económicamente para apoyar el sueño de sus hijos. Desde viajes costosos hasta rechazar oportunidades en el exterior, estas mujeres hacen realidad la pasión por la música tradicional colombiana en la siguiente generación. Sus historias revelan que el verdadero corazón del festival late en las gradas, no solo en la tarima.
Mientras los niños suben a la tarima con el acordeón al pecho, sus madres permanecen atentas en las gradas: con las manos juntas, la mirada al cielo y el corazón acelerado. En el Festival de la Leyenda Vallenata, especialmente en la categoría Acordeonero Infantil, estas mujeres representan el verdadero corazón de cada presentación.
Yuli Carreño viajó desde Barrancabermeja con su hijo de 10 años para participar en lo que ya es su quinto festival. Para ella, cada viaje ha significado trabajo en equipo con toda la familia y ajustarse económicamente a lo que sus recursos permiten. "El apoyo ha sido bastante, con mis papás. Este es como nuestro quinto festival, hemos participado en varios", cuenta. Aunque en su juventud quiso tocar acordeón, hoy proyecta ese sueño en su hijo. Según sus propias palabras, "Es un corazón de madre que late al ritmo del acordeón. A mí me gusta, pero por mis responsabilidades no pude. Entonces le demuestro a él que cuenta con mi apoyo".
Ver a su niño en escena genera una mezcla de emociones que ella describe con naturalidad: "Uno como padre siente mucho al verlo tan pequeño con ese instrumento tan pesado, pero él lo disfruta. No ve la hora de montarse a la tarima, no tiene miedo escénico, le gusta". El esfuerzo económico es constante: "nos toca hacer muchas cosas para estar aquí, porque no tenemos los recursos, pero siempre estamos apoyándolo".
Luzmadi Vega Suárez vino desde Buenavista, Córdoba, como madre de Gustavo Pérez Vega. Su trayectoria en estos festivales ha estado marcada por emociones intensas: "He llorado, he gritado… ha sido un camino de mucho esfuerzo". Cada presentación de su hijo sigue siendo un reto que la conmueve profundamente. "Cuando él está allá arriba, es algo indescriptible, uno siente que se le baja el mundo en un momento", expresa.
Pero quizás la historia más contundente es la de Ana Pérez, madre de Maximiliano Gómez. Su compromiso con el sueño de su hijo llegó al extremo de rechazar una oportunidad de vida que muchos anhelan. "La familia completa nos íbamos a residencial en Europa y quedamos en Valledupar, rechazamos irnos del país para que el niño se prepare en el acordeón y por fortuna en manos de la Dinastía Romero". Para ella, el sacrificio vale la pena: "Sueño con verlo grande, es un niño destacado que en cada presentación me hace latir el corazón".
Estos relatos van más allá de una competencia musical. Son historias de madres colombianas que entienden que la pasión por la tradición vallenata no se compra con dinero, sino que se construye con dedicación, lágrimas y la certeza de que están transmitiendo un legado que trasciende generaciones.
Fuente original: Diario del Cesar

