Las campañas de 2026 usan el miedo y la ira para influir en votantes, advierte estudio de la Católica

Investigadoras de la Universidad Católica de Colombia analizaron cómo las emociones negativas como miedo, ira e indignación se utilizan estratégicamente en campañas políticas para manipular decisiones electorales. El estudio advierte que los algoritmos de redes sociales amplifican estos mensajes confrontacionales, lo que profundiza la polarización. Las autoras proponen que los ciudadanos aprendan a identificar señales de manipulación emocional para votar de forma más razonada.
A menos de una semana de la primera vuelta presidencial de 2026, investigadoras de la Universidad Católica de Colombia encendieron las alarmas sobre cómo las campañas políticas manipulan las emociones de los votantes. Diana Camila Garzón-Velandia y Ana Camila García, expertas en psicología política y comportamiento digital, presentaron un análisis que revela una verdad incómoda: en Colombia, las propuestas políticas han cedido terreno a la estimulación emocional como principal herramienta de campaña.
El problema, según las investigadoras, es que los contenidos que generan emociones intensas, especialmente negativas, funcionan mejor. Como señalan en su documento, "los contenidos que generan emociones intensas, especialmente las negativas como la ira, el miedo o el asco, generan más clics, más tiempo de pantalla y más reacciones". Los algoritmos de plataformas digitales refuerzan esta lógica, creando lo que las autoras llaman una "dieta informativa sistemáticamente sesgada hacia la emoción negativa y el conflicto".
El análisis identifica cinco emociones clave en las estrategias discursivas. El miedo, por ejemplo, funciona porque activa comportamientos inmediatos en los ciudadanos: cuando un candidato presenta escenarios de caos o pérdida de derechos, genera necesidad de protección. Pero aquí viene el riesgo: el miedo permanente reduce la capacidad de análisis crítico y hace que la gente busque figuras de autoridad fuerte, mientras que el adversario político deja de ser un competidor y se convierte en una amenaza existencial.
La ira y la indignación también son armas poderosas en campaña. Impulsan la acción, fortalecen la lealtad entre seguidores y se viralizar fácilmente. Sin embargo, cuando una campaña se sostiene sobre la indignación constante, termina por presentar al adversario como moralmente corrupto, lo que imposibilita después el diálogo y los acuerdos necesarios para gobernar.
Las investigadoras también identifican emociones con potencial despolarizador: la esperanza construye sentido de comunidad, mientras que el orgullo fortalece la pertenencia a ideales compartidos, siempre sin atacar al adversario. La empatía y la confianza tienen aún mayor capacidad para reducir polarización, aunque reconocen que son difíciles de mantener en competencia electoral.
El riesgo mayor, advierte el análisis, es que la polarización se traslade del nivel ideológico al identitario. Cuando los ciudadanos votan principalmente para evitar que gane el adversario, en lugar de votar a favor de un proyecto, se pierde el carácter propositivo de la democracia. Para contrarrestar esto, las autoras sugieren que los votantes aprendan a identificar señales de manipulación: discursos que presentan constantemente nuevas crisis, mensajes que dividen entre "buenos" y "malos", o palabras como "destruir", "traidor" y "amenaza" usadas repetidamente.
Las investigadoras cierran con una reflexión importante: "La democracia no pide ciudadanos sin emociones. Pide ciudadanos que sepan qué hacer con sus propias emociones y que identifiquen las estrategias con las que se moviliza al electorado". En otras palabras, la solución no es eliminar emociones de la política, sino aprender a reconocer cuándo alguien intenta usarlas en tu contra.
Fuente original: El Tiempo - Salud