La próxima elección se decidirá en los barrios, no en los estudios de televisión
La política tradicional sigue buscando ganadores en salones de élite, pero la verdad es que la próxima contienda presidencial se definirá en los bolsillos y miedos de los estratos 1, 2 y 3. Tres candidatos emergen como principales contendientes: Iván Cepeda, quien apela al voto popular progresista; Paloma Valencia, representante del orden conservador; y Abelardo de la Espriella, quien ha sabido conectar con la rabia del uribismo desde afuera del aparato tradicional. Con participación electoral esperada al alza, ganará quien mejor logre interpretar y verbalizar el malestar profundo de la gente cansada.
La clase política colombiana repite un error histórico: creer que las presidencias se ganan en estudios de televisión, en almuerzos de empresarios influyentes o en las peleas de egos que se arman en redes sociales. La realidad es otra. Los presidentes se eligen en los bolsillos de la gente, en sus miedos, en su irritación. Se eligen donde viven quienes madrugan todos los días, quienes hacen cuentas apretadas en el mercado, quienes sienten que la plata no alcanza, que la salud no responde y que el Estado llega tarde o directamente no llega.
Hay un candidato que logre traducir ese malestar en emoción política concreta tendrá media batalla ganada. Y todo indica que esta será una elección donde la gente quiere pronunciarse. No habrá apatía dominante. El ambiente es de castigo, de reacción, de necesidad de decir algo. La gente votará para premiar, para castigar, para frenar. En ese escenario, no basta tener partido ni apellido. Hay que tener conexión real.
Iván Cepeda llega con una ventaja clara: se ha instalado como referente de un electorado popular que todavía cree en la narrativa del cambio social y la justicia redistributiva. Sabe leer en nombre de quienes sintieron que el poder los excluyó durante décadas. Ese lenguaje puede conectar con fuerza en los estratos populares. Pero ahí también está su trampa. Una cosa es prometer el cambio, y otra muy distinta convencer a alguien que ya vivió bajo Petro de que efectivamente mejoró su vida. Cepeda carga con el peso del oficialismo, con el desgaste del gobierno, con la frustración de votantes que hoy ven que la inflación, la inseguridad y el caos institucional les golpeó de frente. Su verdadero desafío será tranquilizar al decepcionado, no agitar consignas.
Paloma Valencia, ganadora de la gran consulta por Colombia, representa una derecha clara y reconocible. Tiene discurso, base electoral e identidad propia. Promete orden, y eso conecta con una parte importante del país. El problema está en Álvaro Uribe. Si Valencia queda demasiado pegada al expresidente, deja de ser una líder con destino propio y empieza a verse como una candidatura delegada, administrada. Eso le cierra filas en primera vuelta, pero le pone techo cuando necesita crecer hacia el votante popular no uribista, hacia el cansado de la polarización.
Pero el fenómeno más interesante es Abelardo de la Espriella. Ha hecho algo que muchos en el Centro Democrático quisieran negar: ha entendido el código emocional del uribismo mejor que algunos uribistas formales. No necesita militar en ese partido ni cargar con su estructura histórica. Lo que ha hecho es más inteligente: habla en el tono que ese votante reconoce. Firmeza, confrontación, castigo, autoridad, cero tibiezas. Mientras Valencia puede quedar atrapada entre honrar a Uribe y emanciparse de él, Abelardo recoge ese voto desde afuera, sin responder por el equipaje histórico.
Valencia representa al uribismo orgánico; Abelardo ha empezado a capturar al uribismo emocional. En una elección marcada por la bronca y el deseo de castigo, eso puede resultar decisivo. Su límite también es claro: puede encarnar rabia, pero todavía tiene que demostrar que puede gobernar.
Así empieza a definirse la contienda. Cepeda compite por el voto de la reivindicación social; Valencia por el del orden estructurado; Abelardo por el del castigo y la firmeza sin intermediarios. Los tres entienden que la elección no se decide en salones de élite, sino en barrios donde la gente padece. Y cuando la gente sale en masa a votar, se movilizan los malestares profundos. Quien mejor los interprete, quien mejor los verbalice y quien mejor los convierta en voto, puede dar la sorpresa o consolidar la victoria. Estas serán las elecciones que se regirán por emociones.
Fuente original: Minuto30
