La pregunta incómoda: ¿está el vallenato legitimando a criminales?

A días del Festival de la Leyenda Vallenata, un columnista cuestiona la relación histórica entre artistas vallenatos y personajes vinculados al crimen organizado y la corrupción. El texto reflexiona sobre cómo presentaciones en cárceles y eventos privados pueden convertir la música popular en instrumento de blanqueamiento de imagen para delincuentes. La preocupación central es que estas prácticas erosionan la credibilidad del folclor caribeño colombiano y envían mensajes peligrosos a nuevas generaciones de músicos.
Cuando falta una semana para que se inaugure el Festival de la Leyenda Vallenata, entre el 29 de abril y el 2 de mayo, emerge una pregunta que durante décadas ha permanecido en las sombras: ¿qué pasa cuando los intérpretes de vallenato se acercan demasiado a personajes cuestionados por vínculos con el crimen, la corrupción o la violencia?
El columnista Luis Alonso Colmenares Rodríguez plantea que lo sucedido recientemente con la presentación del cantante Nelson Velásquez en la cárcel de Itagüí no puede verse como un simple evento cultural. Para Colmenares, esto revela un problema más profundo y estructural: la normalización paulatina de la cercanía entre artistas vallenatos y figuras asociadas a economías ilícitas. Desde los años 70 se observa este fenómeno de manera reiterada, donde los músicos conviven en grabaciones, tarimas y fiestas con corruptos, paramilitares y narcotraficantes. La constante, dice el columnista, parece ser siempre la misma: el dinero como justificación para silenciar cualquier escrúpulo moral.
El vallenato nació como expresión genuina del Caribe colombiano, como un relato de la memoria colectiva que recogía alegrías, dolores y esperanzas de la gente común. No fue creado para convertirse en banda sonora del crimen ni en instrumento que legitime a quienes construyen poder mediante el daño social. Cuando un artista se presenta ante reclusos o ante personas señaladas por actividades ilícitas, el acto no es neutral. Cantar en ese contexto transmite un mensaje claro: que el éxito económico puede borrar las fronteras entre lo correcto y lo incorrecto.
Colmenares advierte sobre una dimensión pedagógica preocupante. Los músicos jóvenes observan estos comportamientos de los grandes intérpretes y aprenden que el éxito se mide únicamente en contratos y honorarios, no en principios ni en ética. Se impone la idea de que el talento puede separarse de la integridad y que la dignidad cultural es negociable. El intérprete vallenato, señala, es un referente social que no solo canta historias: también transmite valores. No puede escudarse en la excusa de ser "solo un artista" cuando el arte no existe aislado de la realidad social.
El columnista enfatiza que aceptar regalos ostentosos o pagos desproporcionados de personas cuestionadas implica renunciar a la independencia moral. El aplauso del delincuente no honra; compromete. El verdadero prestigio artístico no se compra con dinero fácil, sino que se construye con integridad. El reconocimiento que perdura es el del pueblo que encuentra en la música una expresión auténtica de su identidad, no el de quienes buscan usar el arte como mecanismo de legitimación social.
Para Colmenares, el vallenato necesita recuperar una ética propia, coherente con su historia y su papel como símbolo cultural del Caribe colombiano. Ha llegado el momento de parar esa pendiente en la que el dinero decide y los valores estorban. Es necesario retomar el sentido de responsabilidad cultural, entendiendo que cuando la música pierde su rumbo moral, deja de ser memoria colectiva y se convierte en simple ruido. El folclor colombiano merece dignidad, respeto y conciencia ética.
Fuente original: Guajira News


