La obsesión por medir y optimizar la vida genera ansiedad en lugar de bienestar

Relojes inteligentes, pulseras y aplicaciones transformaron el bienestar en un proyecto de rendimiento permanente que genera ansiedad. Expertos advierten que revisar constantemente métricas personales y buscar estar siempre mejor paradójicamente intensifica la exigencia y el agotamiento. La responsabilidad por el malestar se internaliza como fallo individual, alejándonos de lo que realmente importa en la vida.
En la actualidad, vivir bien ya no es suficiente. La presión está en vivir cada vez mejor, permanentemente. La avalancha de dispositivos que miden pasos, frecuencia cardíaca, horas de sueño y estrés convirtió el bienestar en una actividad que exige seguimiento diario. Lo que antes era aspiración se transformó en exigencia sistemática.
La psicóloga Cinthia Ortiz, especialista en ansiedad, observa cómo esta lógica cambió nuestra relación con nosotros mismos: "La época favorece una mirada puesta en lo que falta, en lo que podría mejorarse, y eso dificulta la posibilidad de habitar el presente sin evaluarlo". Es decir, vivimos bajo auditoría constante de nuestro propio desempeño.
Según datos del Foro Económico Mundial, más del 70 por ciento de los adultos en grandes ciudades consume regularmente contenido sobre mejora personal y productividad. Estos números revelan algo más profundo que una tendencia pasajera. Mostran cómo la cultura del mejoramiento continuo se infiltró en discursos sobre salud, trabajo, relaciones y emociones. El yo aparece como un proyecto nunca terminado, siempre susceptible de ajustarse con mejor información, mejores hábitos, decisiones más inteligentes.
El filósofo Byung Chul Han advierte sobre este cambio silencioso pero peligroso: "Cuando la pregunta por el sentido se reemplaza por el interrogante de la eficiencia. Cuando el bienestar deja de ser una experiencia y se convierte en un indicador". Estudios del Pew Research Center muestran que más del 62 por ciento de quienes usan dispositivos de bienestar revisan sus métricas diariamente, aunque no tengan una indicación médica. Vivir se vuelve legible en números, y lo que no se mide parece perder valor.
El problema aparece cuando las personas internalizan este mandato de rendimiento. Investigaciones de la American Psychological Association muestran que quienes adhieren fuertemente a discursos de auto-mejora continua presentan mayores niveles de culpabilización frente al cansancio o la tristeza, aun cuando estén vinculados a situaciones reales como sobrecarga laboral o incertidumbre económica. En consulta, psicólogos reportan personas agotadas no solo por lo que hacen, sino por la sensación permanente de no estar haciendo lo suficiente. El descanso mismo se convierte en un recurso funcional para rendir mejor después, no en un derecho en sí mismo.
Han lo plantea con claridad: "El sujeto de rendimiento se cree libre porque se auto-optimiza, pero en realidad se somete a una exigencia sin límite". El sociólogo Nikolas Rose, especialista en salud mental, describe esto como una mutación profunda: "Cualquier falla se interpreta como un error de autogobierno. El cuidado se convierte en una auditoría permanente del propio desempeño". La consecuencia es un agotamiento existencial peculiar: no genera rebelión, genera depresión.
Recuperar espacios de vida no optimizados no significa rechazar la medición ni idealizar el desorden. Significa reconocer que hay dimensiones de la existencia que se empobrecen cuando se las somete a evaluación constante. Como pregunta Han: "¿Qué es lo que estamos sacrificando cuando confundimos vivir bien con funcionar sin fallas?"
Fuente original: El Tiempo - Salud