La infraestructura, la llave para unir a Colombia y sacar adelante a sus regiones
La infraestructura va más allá de carreteras y puentes: define el precio de los alimentos, las oportunidades de empleo y la seguridad de las regiones. Un país desconectado es más caro, más pobre y más desigual, vulnerable a la ocupación de grupos ilegales. Desde el Caribe hasta el Pacífico, Colombia tiene una deuda pendiente de integración física que requiere una visión nacional estratégica para recuperar territorios y conectar oportunidades.
En Colombia hemos normalizado hablar de infraestructura como si fuera un tema técnico de ingeniero y contratista. Pero la realidad es mucho más cercana a la vida cotidiana de los colombianos. Una carretera destruida no es solo cemento roto: es el costo extra que paga una familia por la comida, el tiempo perdido de un campesino sacando su cosecha, el trancón que frena la productividad de una ciudad. Cada vía abandonada funciona como un impuesto invisible sobre el plato de comida.
Cuando mover carga por Colombia cuesta mucho más que en otros países, cuando los puertos no funcionan bien o cuando una región entera queda aislada, el resultado es que todo se vuelve más caro y menos accesible para millones de personas. Por eso la infraestructura es también seguridad alimentaria. No puede haber alimentos baratos si sacar una cosecha del campo cuesta una fortuna. No puede haber estabilidad para las familias si transportar productos entre regiones toma días adicionales por culpa de vías en mal estado o falta de conectividad.
Pero hay más. La infraestructura es también turismo, empleo y la posibilidad de mostrarle Colombia al mundo. Este país tiene una riqueza natural, cultural e histórica extraordinaria, pero demasiados destinos siguen desconectados, con vías precarias y aeropuertos insuficientes que desaniman a los visitantes. Mientras otros países entienden el turismo como una fuente gigante de empleo y desarrollo, aquí dejamos regiones enteras aisladas del potencial que tienen. Cada carretera que conecta un municipio turístico, cada aeropuerto modernizado, cada corredor seguro puede convertirse en oportunidades para hoteles, restaurantes y miles de familias que viven de este sector.
Tampoco puede haber seguridad real sin infraestructura. En demasiados territorios, los grupos ilegales ocupan precisamente los espacios donde el Estado nunca llegó con carreteras, inversión o presencia institucional. Las economías ilegales prosperan donde las regiones quedan desconectadas y abandonadas.
Colombia está fracturada no solo políticamente sino físicamente. En el Caribe se necesita recuperar la navegabilidad del Río Magdalena y modernizar el Canal del Dique. El Tren del Caribe puede conectar Cartagena, Barranquilla y Santa Marta con el interior, reducir costos logísticos y potenciar uno de los corredores turísticos más importantes de América Latina. En Antioquia y el Eje Cafetero es urgente terminar obras como el Túnel del Toyo y fortalecer el Aeropuerto del Café. En el Pacífico hay una deuda histórica: destrabar Mulaló-Loboguerrero y completar la doble calzada Pasto-Popayán puede sacar del aislamiento a regiones enteras y convertir a Buenaventura y Cali en plataformas de desarrollo para Colombia sobre el Pacífico latinoamericano.
La infraestructura no puede seguir siendo una colección de obras inconexas. Tiene que convertirse en una estrategia nacional para integrar mercados, abaratar alimentos, atraer inversión, impulsar el turismo y unir a Colombia. Un país conectado es más competitivo, pero también es más justo. Porque gobernar bien significa lograr que una madre pague menos por la comida, que un joven tenga oportunidades en su región y que el campesino pueda sacar adelante su producción. Colombia necesita volver a construir. Pero sobre todo necesita volver a conectarse consigo misma.
Fuente original: Minuto30

