La coca crece en las regiones pero el Estado no ve ni un peso de esas ganancias

Un estudio de la Universidad de los Andes revela una paradoja incómoda: los cultivos de coca dinamizan la economía local y generan multiplicadores económicos reales, pero ese dinero nunca llega a las arcas públicas ni fortalece las instituciones. Además, la expansión cocalera dispara la deforestación en la Amazonía. El crecimiento económico que trae la coca es real pero frágil, sin fondos para invertir en desarrollo sostenible.
En 2023 Colombia tenía 253.000 hectáreas sembradas de coca que produjeron 2.600 toneladas, un aumento del 53% respecto a 2022. Detrás de esos números hay una realidad económica contradictoria que investigadores de la Universidad de los Andes acaban de documentar: la coca efectivamente mueve dinero en las regiones donde se cultiva, pero ese dinero se queda en manos privadas e ilegales, nunca entra al fisco local.
Los investigadores analizaron cómo la expansión cocalera impacta la economía municipal usando métodos que miden la luminosidad nocturna como indicador de actividad económica. Encontraron algo concreto: cuando el área sembrada de coca sube una desviación estándar, el PIB municipal crece entre 2,5% y 3,1%. No es poca cosa. La razón es simple: la coca tiene cuatro cosechas anuales, costos bajos de producción, mercado global garantizado y precios que se mantienen estables. Eso la hace atractiva en territorios donde casi no hay opciones formales de empleo.
El efecto multiplicador es relevante. Según el estudio, cada dólar que genera la hoja de coca agrega entre 1,17 y 2,30 dólares a la economía local, porque ese dinero circula: se compra comida, se pagan servicios, se arriendan fincas. Pero aquí viene lo crítico: ni un peso de esa actividad se traduce en ingresos para las administraciones municipales. Los municipios analizados no mostraron aumentos significativos en recaudos locales, lo que significa que la economía de la coca funciona completamente por fuera de los canales formales del Estado.
Eso tiene consecuencias serias. Los territorios experimentan más movimiento económico sin que haya más recursos para invertir en educación, carreteras, agua potable o salud. Es crecimiento sin desarrollo. El estudio también encontró que la violencia no bajó y que no hubo transición hacia actividades agrícolas legales. La coca coexiste con lo que había antes, sin transformar la estructura económica.
El costo ambiental es brutal. La deforestación en los municipios estudiados creció 104% en paralelo con la expansión cocalera. Pero hay más: la conversión de selva amazónica hacia pasturas para ganadería creció 302%. Se está talando bosque primario para actividades que consolidan el daño permanentemente. La Amazonía, que es estratégica para el planeta, se pierde sin que esos territorios construyan una economía sólida y legal.
Los investigadores plantean una pregunta incómoda: si la coca genera tan buenos retornos económicos en el corto plazo, ¿con qué actividad legal se puede competir en regiones tan abandonadas por el Estado? Mientras no haya respuesta, la conclusión es clara: necesitamos estrategias que sustituyan la coca sin dejar un vacío económico en territorios donde se convirtió en el motor principal. De lo contrario, pedirles a los campesinos que dejen de cultivarla es pedirles que se empobrezccan.
Fuente original: Portafolio - Economía