La abuela: mucho más que ternura, una institución fundamental para nuestra supervivencia

Durante siglos la abuela fue vista solo como una figura doméstica, pero la antropología demuestra que es central para la supervivencia humana. Su rol va más allá del cuidado: transmite identidad, establece raíces culturales y ofrece un amor destilado sin urgencias. En varias culturas indígenas, la abuela representa la sabiduría que conecta el pasado con el presente, tejiendo la continuidad de los pueblos.
Hay una frase de los Yupik, indígenas de Alaska, que resume con precisión lo que hemos tardado demasiado en reconocer: "La abuela es el primer cielo que conocemos". Antes de que un niño vea el firmamento, ve un rostro inclinado sobre él. El primer horizonte es un rostro humano. Durante mucho tiempo redujimos a la abuela al ámbito de lo doméstico, como si fuera un asunto del sentimiento y no de la estructura misma de la vida. Pero la antropología ha demostrado que estábamos equivocados. Las abuelas no son un lujo emocional: son una institución central para que nuestra especie sobreviva.
La antropóloga Sarah Blaffer lo explica en su obra Mothers and Others: las abuelas ocupan una posición crítica en la crianza porque aportan recursos, estabilizan el cuidado e incrementan la supervivencia de los nietos. La maternidad humana nunca fue una tarea solitaria. Detrás de cada madre siempre hubo otra figura sosteniendo el mundo. Las abuelas son mucho más que cuidadoras auxiliares. Su misión es estructural.
Hay una diferencia profunda entre el amor de la madre y el de la abuela. La madre ama desde la urgencia, cargando el peso de la responsabilidad y el proyecto de formar un ser humano. La abuela ama sin esa prisa. Ha cruzado ya el fuego de la crianza y lo que quedó es un afecto destilado, sin apremio. Hay un aforismo antiguo que condensa lo que la ciencia tardó siglos en demostrar: "Ser abuela es poder amar a los suyos por segunda vez, esta vez sin miedo".
En varias cosmologías indígenas, la abuela de todos los seres es la Luna. Mientras el Sol ilumina y avanza, la Luna recuerda y devuelve. El tiempo solar empuja hacia adelante, pero el tiempo de la abuela recompone, reinscribe. Desde esa lógica, las abuelas no solo cuidan: sitúan a los individuos en el mundo, les muestran dónde encajan.
El silencio de la anciana no es vacío sino conversación con otros tiempos. Son las cronistas del grupo familiar, guardianas de migraciones, alianzas y nombres que el presente ya no retiene. Cosen el tiempo, conectan antiguos eventos con el flujo presente y transmiten, con paciencia, las coordenadas que permiten saber quiénes somos, de dónde venimos y cómo llegamos hasta aquí.
El pueblo yoruba lo expresa con exactitud: las abuelas no envejecen, acumulan mundo. Por eso los wayuu tienen una frase para quien actúa sin ancla ni orientación: "parece que no hubiera tenido abuela". No es un insulto. Es un diagnóstico de orfandad cultural. Una advertencia de lo que se pierde cuando falta esa brújula que solo la abuela puede dar.
Fuente original: El Isleño

