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Germán Vargas Lleras: el político que entendía cómo funcionaba realmente el poder

Fuente: Minuto30

Germán Vargas Lleras se destacó por ser un político que no solo hablaba sino que ejecutaba. Conocía en detalle cada engranaje de la máquina estatal y dejó obras concretas en infraestructura, vivienda y servicios públicos. Más allá de sus logros administrativos, conservó una ironía filosa y un humor negro que lo hacía particularmente singular en una clase política cada vez más moldeada por asesores de imagen.

En la política colombiana abundan los discursos brillantes y los ideólogos con buenas intenciones. Lo que realmente escasea son los ejecutores. Germán Vargas Lleras fue uno de esos raros políticos que entendió el Estado no como un escenario para lucirse, sino como una máquina compleja que requería saber operar cada una de sus piezas. No era solo alguien del barrio que sabía conectar con la gente. Era también el tipo que le marcaba línea a presidentes porque conocía dónde estaba cada palanca del poder.

Lo particular de Vargas Lleras era que su conocimiento no venía de libros ni teorías. Era eminentemente práctico. Sabía cómo funcionaban los ministerios desde adentro, entendía los procesos de contratación pública, dominaba los temas de concesiones en infraestructura, conocía los entresijos de las comisiones regulatorias y comprendía las limitaciones fiscales de verdad. En un país donde muchos improvisan, él dictaba cátedra. Y lo más importante: eso se notaba en los resultados.

Durante décadas, Colombia se acostumbró a que los gobiernos terminaran sin haber construido lo prometido. Las obras estratégicas quedaban trancadas, las promesas se evaporaban. Vargas Lleras representó exactamente lo opuesto. Entre 2010 y 2017, el país vivió uno de sus ciclos de infraestructura más ambiciosos. El programa de autopistas 4G movilizó 1.200 kilómetros de autopistas, el cuarto programa más grande del mundo. En vivienda, el programa Mi Casa Ya construyó un millón de viviendas. En agua potable, cinco millones de colombianos se conectaron a un acueducto. Las obras avanzaban cuando él estaba al frente. No era casualidad.

Pero reducirlo solo a un gerente sería perder lo mejor de su historia. Vargas Lleras tenía además un rasgo personal que lo hacía singularmente diferente: una astucia inteligente envuelta en ironía. En una clase política cada vez más controlada por asesores de imagen y frases prefabricadas, él conservó una ironía filosa, a veces incómoda, muchas veces brillante. Su humor era el de alguien que había visto el poder desde adentro durante demasiado tiempo como para romantizarlo. Podía ser demoledor en privado y punzante en público. Para algunos era arrogancia; para otros, pura autenticidad. Pero nunca indiferencia.

También sobresale su valentía. Pocos recuerdan que en 2005 sobrevivió un atentado de las FARC cuando una carta bomba explotó en sus manos. Perdió varios dedos y estuvo cerca de morir. En cualquier otro país, un episodio así habría marcado la memoria pública de manera definitiva.

En tiempos dominados por el marketing político y la superficialidad administrativa, figuras como Vargas Lleras recuerdan una verdad incómoda: gobernar exige carácter real, no solo discurso. Su legado trasciendo las simpatías o antipatías políticas. Se inscribe en una pregunta más profunda: ¿puede Colombia realmente funcionar? Y la respuesta que dejó en sus obras fue sí, se puede. Aunque nos haga mucha falta una persona que lo sepa de verdad.

Fuente original: Minuto30

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