Federico Ríos: "Las condiciones de trabajo son miserables", cuenta el fotógrafo que documentó La Mandinga
El reconocido fotógrafo colombiano Federico Ríos participó en una investigación publicada por The New York Times sobre la mina ilegal La Mandinga en Antioquia, donde documentó cómo el oro extraído bajo control de grupos armados termina en circuitos internacionales, incluyendo la Casa de Moneda de Estados Unidos. Ríos describió jornadas laborales inhumanas bajo sol intenso, con trabajadores sumergidos en agua contaminada y expuestos a mercurio, además de control armado que define dónde y con quién pueden vender el oro. El fotógrafo aseguró que no olvida los rostros de personas intoxicadas por mercurio ni la devastación ambiental del Bajo Cauca, territorio donde miles crecen viendo la minería como única salida.
El fotógrafo Federico Ríos acaba de completar una investigación que lo marcó profundamente. Durante más de dos años trabajó junto a un equipo internacional en la documentación de la mina ilegal La Mandinga, ubicada en el Bajo Cauca antioqueño. Su reportaje, publicado por The New York Times, levanta la cortina sobre un negocio que parece lejano pero que conecta directamente a campesinos antioqueños con las instituciones financieras más poderosas del mundo.
Lo que Ríos encontró fue un sistema de extracción de oro donde todo está controlado por actores criminales. El oro que extraen trabajadores en condiciones extremas no se queda en Colombia. Como explicó el fotógrafo, "uno de los ejes centrales del reportaje es como este oro que está siendo extraído bajo el control de un grupo armado ilegal (...) termina después de varios pasos (...) en el US Mint y en el departamento del Tesoro de los Estados Unidos". Es decir, el metal que sale de charcos de lodo y agua contaminada en Antioquia termina llegando a las bóvedas norteamericanas.
Cuando Ríos llegó a La Mandinga por primera vez, lo que más lo golpeó fue el contraste entre la dureza física del lugar y la humanidad de quienes allí trabajan. Describió jornadas bajo un sol abrasador, ruido ensordecedor, pozos llenos de lodo y agua envenenada con mercurio. Algunos mineros permanecen sumergidos durante horas en condiciones que simplemente no tienen nombre. "Las condiciones de trabajo son miserables, es que no hay otra forma de describirlo", afirmó el fotógrafo.
Pero hay algo aún más terrible que el trabajo mismo: los mineros no son libres. Grupos armados ilegales controlan quién puede entrar, dónde puede trabajar y, lo más importante, a quién puede venderle lo que extrae. Los trabajadores, la mayoría empobrecidos, quedan atrapados en la base de una cadena criminal mucho más grande, sin poder escapar de ella.
Lo que persigue a Ríos no son solo números o cifras. Son rostros. Recuerda con crudeza el de varias personas que conoció en Caucasia, incapaces de sostener la mirada, con brazos y cuerpos enteros temblando por la intoxicación avanzada con mercurio. También le quedó grabada la vista aérea del Bajo Cauca: territorios completamente arrasados, piscinas de agua azul verdosa, comunidades sin esperanza donde niños y niñas crecen pensando que la minería es su único futuro.
"Yo no creo que nadie pueda pasar por ahí y salir con su espíritu impune", reflexionó Ríos sobre lo que vio.
Para el fotógrafo, este trabajo no pretende cerrar preguntas sino mantenerlas vivas. Quiere que sigamos hablando sobre la minería ilegal, el daño ambiental, las estructuras armadas que la controlan y cómo comunidades enteras quedan atrapadas en economías del crimen. Actualmente trabaja en un nuevo libro llamado White Line, donde documenta a productores de cocaína en zonas remotas de Colombia, con la misma intención: reflexionar sobre por qué campesinos sin opciones terminan en la base de economías ilegales que los destroza.
Fuente original: KienyKe - Portada

