En Montería, mientras baja el agua, la gente vigila para que no le roben lo poco que les quedó

Dos semanas después de una inundación que nadie pronosticó, cerca de 200 mil personas en Córdoba permanecen en crisis. En barrios como Alto de Canaán y El Dorado, el agua sigue estancada y las familias desplazadas ahora enfrentan un nuevo miedo: los robos. Mientras la Gobernación dice coordinar ayuda humanitaria, los afectados reclaman acciones inmediatas y acusan que la institucionalidad ha llegado tarde y con insuficiencia.
El 6 de febrero la vida en Montería cambió de golpe. Mireya estaba celebrando su cumpleaños en casa de su mamá cuando recibió un mensaje de voz de una vecina: "Mireya, se le está entrando el agua a la casa". Cuando llegó corriendo a su hogar, la situación era mucho más grave de lo que imaginaba. No era que el agua estuviera entrando, sino que ya había inundado completamente su vivienda. En la prisa, logró apilar unos muebles, empacar ropa deprisa y desconectar los electrodomésticos. Nueve horas después, el nivel del agua había subido dos metros. De su casa solo asomaba el techo. Dos semanas después, aquello sigue igual. Alto de Canaán es una de esas zonas que permanece sumergida bajo aguas negras estancadas, atrapada en lo que parece un embudo del que el agua no encuentra salida. Mireya tuvo suerte de contar con un lugar donde refugiarse. Muchos otros no la tuvieron. Nadie estaba preparado. Llovió como ninguna predicción meteorológica lo había advertido.
Un habitante del barrio El Dorado expresa la frustración con palabras crudas: "Acá no se inundan los ricos, para eso estamos los pobres". Lleva dos semanas con el agua adentro de su casa. Ha intentado entrar varias veces pero la altura del agua le bloquea el paso hasta el final de la cuadra donde está su vivienda. "Es esa, la última de allá. Lo perdí todo y ahora ni siquiera puedo entrar. Mire hasta dónde me llega el agua", dice mientras se señala la cintura. Como él y Mireya, en Córdoba cerca de 200 mil personas viven hoy el mismo drama. El fenómeno no se limita a Montería: afecta al menos 25 de los 30 municipios del departamento.
Lo que pasó después de la evacuación fue un caos organizado por la necesidad. En plena madrugada, con pánico de perderlo todo, las familias cargaron neveras, colchones, ropa y todo lo que cupiera en sus manos. No llegó ningún camión de acarreo. Quienes pudieron se refugiaron en casas de familiares. Los que no tuvieron esa opción apilaron sus pertenencias unas sobre otras, colgaron hamacas y desde allí observaron el agua pasando por debajo. Las familias calculan que, si todo sale bien, podrían regresar en dos meses. Pero no es solo sacar el agua. Hay que lavar, retirar lodo y escombros, desinfectar, esperar a que no vuelva a llover y rogar que la humedad permita que las casas sean habitables nuevamente.
Ahora, mientras el agua comienza a bajar en algunas zonas, emerge una amenaza adicional: los robos. Muchas familias hacen vigilia día y noche a la orilla del agua, cuidando desde lejos lo poco que quedó en pie. Las calles que antes retumbaban con vallenato hoy están desiertas. El agua estancada es oscura, con un olor penetrante, y ya comienzan a aparecer plagas. Algunas familias sacan serpientes de los pocos bordes secos que quedan. "Decir que lo perdí todo es repetir lo mismo que dicen mis vecinos. Pero aunque suene repetitivo, es mi dolor, mi casa y mi situación. Lo perdí todo y no es menos trágico por ser repetido. Se dañó la nevera, las camas, los electrodomésticos. No podía cargarlo todo; era escoger entre las cosas materiales o mi vida y la de mis hijos. Me llevé lo único que cabía en mis brazos: mis hijos. Ahora estamos a salvo, en casa de una prima, pero quedamos sin nada. No sé cuándo podremos volver. Mientras haya agua cerca no se puede, los mosquitos no dejan, las serpientes tampoco, y el olor... nadie puede vivir así", cuenta Emira Martínez.
Mientras tanto, las autoridades trabajan en cifras y planes. La secretaria de Infraestructura del departamento y directora de Gestión del Riesgo, Celia Tobías Carrascal, explicó que la Gobernación sí ha desplegado asistencia. "Hemos llevado ayuda a los diferentes municipios, a las diferentes comunidades afectadas. Y precisamente estamos convocando a los alcaldes a hacer una articulación para priorizar y focalizar desde la Gobernación de Córdoba las ayudas humanitarias. Han estado muy atentos y recibieron un llamado de nuestro señor gobernador para coordinar las acciones de atención de la emergencia". Según la funcionaria, la idea es "canalizar recursos desde los municipios, el departamento y la Nación". Pero mientras las cifras se consolidan y los planes se diseñan, en los barrios anegados la gente necesita socorro ahora. Hay niños enfermos que no pueden estar en albergues por las condiciones húmedas, familias que dependen de la solidaridad de parientes cansados, ollas comunitarias donde se reparte lo poco que hay.
El descontento crece. Los líderes barriales miran con desconfianza la llegada de la prensa y de los políticos, denunciando que su drama se convirtió en espectáculo mediático con pocas soluciones concretas. "Qué pena, periodista, pero acá no se puede grabar, de nada nos ha servido que vengan con cámaras, hagan videos y tomen fotos, seguimos inundados y nadie ha venido a ayudar, entonces se pueden devolver", reclama un joven rodeado de otras personas con evidente molestia. En el barrio La Vid suenan voces de resignación y determinación: "Acá no nos vamos a quedar esperando a que la Alcaldía o la Gobernación lleguen a ayudarnos, porque no lo han hecho en dos semanas. Ni mercados hemos visto". Mientras tanto, la gente pasa las horas sentada en las orillas planeando cómo, con baldes o mangueras, drenar lo que inunda barrios enteros. La escena es precaria pero insistente. Quizá solo les queda que de verdad la unión haga la fuerza. Lo grave no es lo que pasó, sino lo que viene después, cuando el agua se haya secado.
Fuente original: El Colombiano - Colombia

