El Niño llegó antes y amenaza con ser récord: los riesgos que enfrenta Colombia

El fenómeno climático El Niño comenzó tres meses antes de lo previsto y tiene más del 60% de probabilidad de convertirse en un evento de intensidad muy fuerte hacia finales de 2026 e inicios de 2027. Colombia es especialmente vulnerable debido a su dependencia de la energía hidroeléctrica y los sistemas de abastecimiento de agua, enfrentando riesgos que incluyen sequías prolongadas, incendios forestales masivos y complicaciones en la salud pública por olas de calor extremo.
Las alertas de la comunidad científica internacional se multiplican. El Niño ya está aquí y las proyecciones indican que podría convertirse en uno de los episodios más intensos de los últimos 75 años. Lo preocupante no es solo la llegada del fenómeno, sino la velocidad sorprendente con la que está ganando fuerza en el océano Pacífico. Carlo Buontempo, director del Servicio de Cambio Climático del observatorio europeo Copernicus, advirtió que "las probabilidades apuntan claramente a un evento de intensidad moderada a fuerte, o probablemente de fuerte a récord". Los modelos internacionales señalan una probabilidad superior al 60% de que alcance una intensidad muy fuerte entre finales de 2026 e inicios de 2027.
Para Benjamín Quesada, climatólogo y director del programa de Ciencias de la Tierra de la Universidad del Rosario, lo que más asusta a los especialistas es el ritmo del calentamiento oceánico. "Estamos ante un fenómeno de El Niño que está asustando a los científicos y a los meteorólogos. Ellos mismos dicen que no han visto algo así en los últimos 75 años", señala. Esto significa que Colombia podría enfrentar desafíos similares a los de las recientes crisis hídricas, pero posiblemente en una escala mayor. El país depende fuertemente de la energía hidroeléctrica para su consumo eléctrico, lo que lo hace particularmente vulnerable a las variaciones en el nivel de lluvias.
El fenómeno generará menos lluvia y temperaturas más elevadas, especialmente en las regiones Caribe, Andina y Pacífica. Esta combinación reduce los caudales de ríos y quebradas, limita el ingreso de agua a los embalses y acelera la evaporación de la humedad disponible. Cuando las reservas hídricas disminuyen, aumenta la presión sobre los embalses que abastecen ciudades y el sistema energético. "Lo que compensa esa reducción es la importación o la utilización de combustibles fósiles. Colombia tiene una vulnerabilidad histórica muy alta frente a este fenómeno", advierte Quesada.
Sin embargo, la experiencia reciente ha dejado enseñanzas importantes. El climatólogo subraya que los problemas no se limitan al fenómeno climático en sí. Existe un factor estructural grave: entre tres y cuatro de cada diez litros de agua se pierden por fugas en los sistemas de acueducto. A esto se suma el crecimiento desordenado de las ciudades, el consumo descontrolado y la sedimentación de embalses que reduce su capacidad de almacenamiento. Además, la deforestación afecta los patrones de lluvia, alterando procesos atmosféricos que impactan la disponibilidad de agua en ecosistemas estratégicos como los páramos.
Otro riesgo que mantiene alerta a las autoridades ambientales es el incremento de incendios forestales. Las condiciones de altas temperaturas, menor humedad y ausencia de lluvias prolongadas crean un entorno perfecto para que el fuego se propague. Durante el último episodio intenso de El Niño, Colombia registró más de 6.200 incendios que afectaron cerca de 1.000 municipios y consumieron más de 200.000 hectáreas. Los expertos advierten que el riesgo de repetir estas situaciones es elevado si el fenómeno alcanza la intensidad proyectada.
El impacto en la salud pública no debe pasar desapercibido. El aumento sostenido de temperaturas afecta especialmente a niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas, aumentando el riesgo de complicaciones por calor extremo. "En Colombia la sensibilidad a las olas de calor está muy subestimada", comenta Quesada. Las zonas de menor altitud, donde ya hace más calor naturalmente, podrían sufrir los impactos más severos. Además, la contaminación del aire causada por incendios forestales agrava enfermedades respiratorias y cardiovasculares, especialmente en grupos vulnerables. Los cambios ambientales también podrían favorecer la expansión de enfermedades transmitidas por insectos en algunas regiones.
La directora general del Ideam, Ghisliane Echeverry Prieto, aseguró que la entidad mantendrá "el monitoreo continuo de los indicadores oceánicos y atmosféricos y emitirá alertas oportunas. Instamos a las autoridades y comunidades a activar sus planes de contingencia y a fortalecer las medidas de gestión del agua para reducir riesgos y proteger vidas". Según Quesada, la respuesta debe combinar acción inmediata con planificación a largo plazo: reducir fugas en acueductos, promover ahorro de agua y energía, fortalecer vigilancia sobre incendios, restaurar ecosistemas estratégicos y diversificar la matriz energética. "Ya vivimos una crisis hídrica reciente y sabemos a qué nos enfrentamos. La diferencia ahora será qué tan rápido actuemos para reducir los impactos de un fenómeno que podría estar entre los más intensos de nuestra historia reciente", concluye el investigador.
Fuente original: El Tiempo - Vida