El cuerpo que se niega a ser solo para otros: mujeres caribeñas reclaman su propio cuidado

Un encuentro de mujeres caribeñas en San Andrés entre el 27 y 29 de marzo buscó reflexionar sobre el autocuidado y la identidad femenina. La autora plantea cómo las mujeres dedican la mayor parte de su energía a cuidar a otros, olvidando el gozo de cuidarse a sí mismas. Lideresas de Old Providence y Puerto Rico se reunieron para respirar, escucharse y explorar formas de empoderamiento desde prácticas como la cocina, la poesía, la música y la agricultura.
La mayoría de las mujeres pasa la vida entera siendo como un paraguas que cobija a otros. Con cuerpos generosos que se entregan sin medida, responden a las necesidades ajenas. Pero cuando alguien nos pregunta cómo nos cuidamos, viene el silencio incómodo. El problema es que en ese gran espacio dedicado a nutrir a quienes nos rodean, rara vez encontramos un rincón para nosotras mismas.
Hay algo profundamente necesario en poder quedarse simplemente mirando lejos, sin prisa, sin fracasar en el intento. Un tiempo solo para una. Un momento donde sintamos placer sin que ese placer dependa de hacer feliz a alguien más. Cuando alguien nos formula esta pregunta sobre nuestro autocuidado, lo hace porque desde el cariño ve dos cosas: que estamos en riesgo de desaparecernos por completo, y que tenemos recursos para defendernos. Por eso encuentros como el de mujeres del Caribe son tan urgentes.
Entre el 27 y 29 de marzo pasado, San Andrés fue escenario de un encuentro especial de mujeres caribeñas. Fueron tres días dedicados a respirar, a escucharse sin ruidos de fondo. Lideresas viajaron desde Old Providence y Puerto Rico, isleñas que se las ingenian para que todo siga andando en sus casas y aun así logran salir, con o sin justificaciones que dar.
Lo que uno descubre en estos espacios es que decir no sin explicarse es visto como sospechoso. Las mujeres que se atreven a establecer límites las etiquetan de libertinas, de tener malas influencias. La reputación se convierte en un arma en su contra. Pero en las islas, muchas han encontrado caminos de cuidado personal y belleza a través de la pesca, la agricultura, la jardinería, la escritura, la poesía, la música y la cocina. Prácticas que generan gozo sin depender de nadie más.
Detrás de cada casa isleña donde se cultiva la memoria y se usan las manos de forma distinta, hay casi siempre una mujer. Una que cuestiona en silencio lo que significa tener un cuerpo que no le pertenece completamente dentro de la maternidad. Una que interroga el desvelo, la espera interminable, la entrega sin fin.
Fuente original: El Isleño

