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El capitán caleño que dejó a su familia para rescatar en Venezuela

Fuente: KienyKe - Portada

El capitán Alberto Hernández, bombero voluntario de Cali desde los 16 años, viajó a Venezuela el 25 de junio como parte de una misión de búsqueda y rescate tras los sismos. Su hija Angélica cuenta cómo el servicio a otros es un legado familiar que viene desde su abuelo, y cómo las madrugadas interrumpidas por emergencias marcaron su infancia. Hoy, la familia lo acompaña desde la distancia con orgullo, conociendo el desgaste físico y emocional que implica este oficio.

A los 16 años, Alberto Hernández hizo una elección que definiría completamente su vida. Mientras otros jóvenes apenas empezaban a soñar con su futuro, él ya había decidido ponerse el uniforme del Benemérito Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Cali. Era el comienzo de una trayectoria que no se mediría en horarios convencionales, sino en llamadas de emergencia, en madrugadas interrumpidas y en la certeza de que su tiempo no era completamente suyo.

El capitán Hernández no llegó a esta vocación por casualidad. En su familia, el servicio a los demás es una herencia que atraviesa generaciones. Como cuenta su hija Angélica, "el legado generacional continúa con mi papá, pues mi abuelo también fue capitán". Esa manera de estar en el mundo, entregado a quienes necesitan ayuda, se aprendió en casa sin que fuera necesario hablar mucho al respecto. Se aprendió viéndolo vivir. "El servicio se instauró en mí, sin siquiera mi papá dirigirlo. Creo que todos en nuestra familia siempre hemos estado al servicio de la comunidad y eso lo vivimos en pequeños actos cotidianos de ayudar a quien lo necesita", explica Angélica.

Crecer siendo hija de un bombero significaba algo especial. Para sus amigos de infancia, Alberto era casi un héroe. Para ella, era el papá que se marchaba a mitad de la noche respondiendo a una llamada y regresaba horas después, agotado pero satisfecho. "Siempre sacaba pecho por él. Cuando era chiquita, todos mis amiguitos no podían creer que mi papá era bombero, porque es el sueño de muchos niños", recuerda entre risas. Con los años, esa admiración de niña se transformó en una comprensión más profunda sobre lo que realmente significa dedicarse a esta profesión.

Pero la vida de un bombero también se mide en ausencias. En planes que se cortan de repente. En la incertidumbre de no saber con exactitud cuándo alguien regresará o en qué condiciones lo hará. En la casa de los Hernández, esas escenas se repitieron una y otra vez durante décadas. "Él recibía llamadas y salía a mitad de la noche a atender una emergencia. Entonces al regresar, a la madrugada o al día siguiente en la mañana, era como: ¿qué pasó?, ¿cómo te fue?", describe Angélica.

El viaje a Venezuela el 25 de junio para apoyar las labores de búsqueda y rescate tras los terremotos del 24 de junio fue diferente a todas esas salidas anteriores. Esta vez, el capitán Hernández no solo dejaría su ciudad por algunas horas. Debía cruzar la frontera sin una fecha clara de regreso. La despedida tuvo un significado distinto. "Nos dimos un abrazo súper largo, porque no sabemos cuándo va a regresar. Hemos tratado de mantenernos en contacto y en las pocas ocasiones en que pudimos hablar con él, notamos el desgaste físico y emocional en su mirada y en su voz", relata Angélica.

En esas palabras aparece una parte del oficio que rara vez se ve: el agotamiento que no solo es físico. Es el peso emocional de buscar a personas desaparecidas, de rescatar, de acompañar el dolor de quienes lo han perdido todo. El capitán Hernández ahora forma parte del grupo de 63 colombianos que trabajan en territorio venezolano como parte de la misión USAR COL-1, representando una luz de esperanza para familias que enfrentan la devastación.

Mientras tanto, en Cali, Angélica, su hermano Carlos y el resto de su familia lo acompañan desde la distancia. No es una espera pasiva. "Sabemos que trabaja con muchísimo amor y que ese mismo esfuerzo y esa misma abnegación con la que cumple su labor también los refleja en su vida personal. Por eso nos sentimos profundamente orgullosos de él", expresa su hija. La historia del capitán Alberto Hernández es la de un hombre que a los 16 años eligió una forma de vivir y que, décadas después, sigue fiel a esa elección. No heredó solo un uniforme. Heredó una manera de estar en el mundo: lista para salir, incluso cuando eso signifique dejar a los suyos esperando en casa.

Fuente original: KienyKe - Portada

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