"Desde pequeño sentí la vocación sacerdotal": así era monseñor Piedrahita

Monseñor Luis Adriano Piedrahita Sandoval, obispo de Santa Marta que falleció el lunes por Covid-19, dedicó 46 años de su vida al sacerdocio. Nacido en Palmira en 1946 y criado en una familia profundamente católica, descubrió su llamado desde la infancia. Lejos de ser un religioso austero, el prelado también disfrutaba del fútbol, la música clásica y tenía un lado genuinamente amable que contrastaba con su apariencia seria.
En memoria de monseñor Luis Adriano Piedrahita Sandoval, quien el lunes pasado perdió su batalla contra la Covid-19 en la clínica Avidanti, el periódico El Informador rescata una entrevista que la periodista Daniela García realizó en octubre de 2018. En esa conversación, el obispo de la Diócesis de Santa Marta abrió las puertas de su oficina para hablar sobre su vida, su infancia en una familia vallecaucana y el camino que lo llevó a los hábitos.
Monseñor nació en Palmira el 7 de octubre de 1946, pero creció en Cali en el seno de una familia pequeña pero profundamente cristiana. Sus padres, muy practicantes de la fe y estrictos en su vida moral, influyeron decisivamente en su futuro. "Desde pequeño sentí la vocación sacerdotal, eso se lo atribuyo mucho al ambiente familiar", recordaba en la entrevista. A los 12 años entró al Seminario Menor, donde cursó su bachillerato. Luego pasó al Seminario Mayor y se ordenó como sacerdote a los 26 años. Antes de esa ordenación se había retirado del seminario un tiempo para reflexionar con profundidad sobre si ese era realmente su camino.
Su recorrido como sacerdote fue variado. Después de su ordenación trabajó como párroco en Cali y se especializó en Teología Moral en Roma durante dos años. En 1999, el papa Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Cali. Después estuvo siete años más como obispo auxiliar, otros siete en Apartadó, Antioquia, y finalmente cuatro años dirigiendo la Diócesis de Santa Marta, cargo que le asignó el papa Francisco en 2014.
A pesar de su apariencia seria, quienes lo entrevistaban descubrían que monseñor era un hombre ameno y divertido. Su rutina comenzaba muy temprano: se levantaba a las 5:00 de la mañana, dedicaba tiempo a la oración y cuando podía hacía ejercicio por recomendación médica. En sus tiempos libres disfrutaba de la música clásica, boleros, rancheras y son cubano. "Me gusta mucho escuchar música clásica, no he sido experto en música, pero me gusta escucharla", decía. Recientemente había empezado a interesarse en el vallenato, especialmente después de escuchar al músico Gustavo Gutiérrez.
El deporte también tenía un lugar especial en su vida. Era fanático del Deportivo Cali desde los cinco años, cuando su vecino Humberto Palacio, gerente del equipo, regalaba boletas para que asistiera con su padre y hermano. Incluso recordaba con nostalgia el partido de 1968 cuando el Unión Magdalena le quitó el título al Cali con un gol de Aurelio Palacio desde media cancha.
En sus reflexiones sobre la Iglesia actual, monseñor reconocía la preocupación por la disminución de vocaciones sacerdotales. Atribuía este fenómeno a una cultura más superficial, a la debilitación del papel de las familias como bases religiosas y a los escándalos que había sufrido la institución. Sin embargo, insistía en que estas situaciones no eran culpa del celibato, sino de la falta de una visión clara del sacerdocio. Con todo, aseguraba que seguían llegando jóvenes al seminario. "Gracias a Dios no han faltado las vocaciones. No son tantas como uno quisiera, pero no han faltado", decía con esperanza.
Lo que más lo motivaba en su ministerio era precisamente eso: servir. "Lo que me motiva: la alegría del evangelio, la alegría de servir, la alegría de hacer presente a Cristo", respondía cuando le preguntaban qué amaba del sacerdocio. Un hombre que, lejos de los estereotipos, supo ser cercano, estudioso y apasionado por su fe y su gente.
Fuente original: Periódico La Guajira
