Cuatro palestinas mueren en un salón de belleza por misil iraní: "No es nuestra guerra, pero nos fue impuesta"

Cuatro mujeres palestinas murieron en Beit Awwa, Cisjordania, cuando una bomba de racimo iraní impactó el salón de belleza donde se preparaban para la festividad del Eid. Eran las primeras víctimas palestinas del territorio ocupado en el conflicto Israel-Irán. Los residentes denuncian que viven bajo fuego cruzado sin protección: carecen de refugios antiaéreos mientras Israel tiene sistemas de defensa, y culpan tanto a Israel como a Irán por una guerra que consideran ajena pero que les es impuesta.
En el cementerio de Beit Awwa, un pueblo de 20.000 habitantes en Cisjordania, decenas de hombres sepultaban a tres de las cuatro mujeres que murieron en lo que sería la primera víctima palestina del territorio ocupado en la guerra entre Israel e Irán. Sahera, Amal y Mais fueron enterradas ese día. La cuarta, Asil, falleció horas después en el hospital. Las tres primeras compartían el apellido Masalma, pertenecían a uno de los dos únicos clanes familiares del pueblo, y además de ser parientes cercanas, eran amigas. Todas tenían planes simples ese día: maquillarse y pintarse las uñas en el salón de belleza de Sahera, una caravana de hojalata bien equipada, para celebrar el Eid al-Fitr.
Estaban nueve mujeres en total cuando sonaron las sirenas de un asentamiento judío cercano. "Estábamos sentadas, felices y riendo, y disfrutando de nuestro momento", recuerda Tala, una sobreviviente de apenas 17 años. Lo que vino después fue una submunición de un misil de racimo. La pequeña hija de Amal, de tres años, estaba dentro cuando explotó. Tala logró escapar cuando la puerta se atascó, y Hadeel, copropietaria del salón, la ayudó a salir. Pero las otras cuatro no tuvieron la misma suerte. El impacto dejó un cráter de poco más de un metro de diámetro y metralla esparcida por todo el lugar. Tala quedó con daño temporal en la audición y puntos de sutura en la oreja, el cuello y las piernas.
Beit Awwa está ubicado cerca del muro que Israel construyó alrededor de Cisjordania. Sufre la presencia del asentamiento ilegal de Negohot y está expuesto constantemente al fuego cruzado por su proximidad a bases militares israelíes. Lo más grave es que, a diferencia de Israel, Cisjordania carece completamente de refugios antiaéreos. Los palestinos reciben alertas de misiles en sus teléfonos porque usan tarjetas SIM israelíes, pero no tienen donde protegerse. Ya había pasado antes: en octubre de 2024 murió un hombre en Jericó por metralla de una interceptación. Ahora, con bombas de racimo que esparcen decenas de submuniciones, el riesgo es infinitamente mayor.
Yusef Sweiti, exalcalde y candidato para las próximas elecciones locales, explicó que han pedido a los residentes que no suban a las azoteas y que busquen los puntos más seguros de sus casas. Pero su resignación es evidente: "No tenemos lugares de protección, solo Dios". Construir refugios requiere permisos especiales que Israel, como potencia ocupante, raramente otorga, y es prohibitivamente caro. Anas, uno de los primos de las fallecidas, lo expresó de manera directa: "No esperábamos que algo así pasara aquí, no tenemos protección. Mientras haya ocupación israelí, seremos objetivo de todos".
"No es nuestra guerra, pero nos ha sido impuesta. Siempre acabamos siendo las víctimas", dijo Abdelrazik, de 32 años, también de la familia Masalma. El consenso entre los vecinos era similar: Irán añadía un nuevo peligro a un territorio ya bajo represión constante, e Israel continuaba su ciclo de violencia. Sweiti culpó a ambos, hablando de otro "sombrío Ramadán" causado por las guerras que incendian la región.
Sahera, que tenía 37 años, había abierto su salón hace apenas dos años como un espacio para los momentos felices: bodas, fiestas, celebraciones. Lo construyó ella misma desde cero tras obtener su título profesional. Su madre, Hanam, no podía articular más que fragmentos entre el dolor: "Ella es mi ángel, mi flor, mi amada hija. Lo es todo para mí. Vivía conmigo y nunca se ha separado de mi lado. Abrió el salón a pocos metros porque no le gusta estar fuera de casa. Era su pasión. Quería desarrollarse profesionalmente y lo hizo. Y, ahora, la han enterrado junto con sus sueños". Amal dejaba dos hijos. Asil esperaba a su primer bebé. Mais dejaba huérfano a su padre. Cuatro historias interrumpidas por una guerra que, para Beit Awwa, nunca fue suya.
Fuente original: France 24 - Medio Oriente



