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Cuando todos somos víctimas, nadie es responsable: la enfermedad del victimismo en Colombia

Fuente: Guajira News
Cuando todos somos víctimas, nadie es responsable: la enfermedad del victimismo en Colombia
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En Colombia, como en otros países, se ha normalizado presentarse como víctima para ganar poder moral, político y económico. Esta lógica del sufrimiento ha reemplazado la responsabilidad individual y colectiva, permitiendo que líderes gobiernen desde la queja y que personas sin daño real usurpen beneficios destinados a víctimas genuinas. El resultado es una sociedad donde la competencia por demostrar quién sufrió más ha eclipsado la búsqueda real de justicia.

Hay una escena que se repite constantemente en redes sociales, universidades y hasta en los espacios de poder: alguien denuncia ser víctima de algo y de inmediato aparece una multitud en su defensa. Se viralizan hashtags, se piden renuncias, se clama por cancelaciones. Pero luego pasa el tiempo y nadie recuerda si el agravio fue real, inventado, grave o superficial. Lo que importa es la exhibición del dolor mismo, la búsqueda de culpables y los beneficios que trae consigo ser declarado agraviado.

El filósofo francés Pascal Bruckner identificó esta enfermedad hace tres décadas con una frase que explica mucho de lo que vivimos: "Sufro, luego valgo". En la sociedad contemporánea, el sufrimiento dejó de ser una adversidad que se supera y se convirtió en un capital que se exhibe como un trofeo. Los reality shows, desde programas como Caso Cerrado hasta shows de famosos contando sus tragedias personales, entendieron perfectamente que la víctima es el héroe de nuestro tiempo. Pero esta lógica tiene un problema: existe una competencia feroz por demostrar quién sufrió más. Mientras tanto, Bruckner describe esto como "la versión fraudulenta del privilegio": una llave que abre puertas y ofrece un perdón perpetuo para quien la posea.

El filósofo mexicano Francisco Guzmán Marín lo llamó el "primado del sufrimiento": esa dinámica donde cada cual intenta demostrar que es la víctima suprema, creando lo que él denomina "la aristocracia del dolor". El problema no está en que existan víctimas genuinas, sino en confundirlas con lo que Guzmán Marín llama "víctimas metafóricas": personas que convierten un perjuicio pequeño en reclamos totales. En Colombia esto tiene un costo real. En Riohacha, por ejemplo, 80.319 personas están registradas como víctimas del conflicto armado, pero muchas se inscribieron sin haber padecido directamente los hechos de violencia, solo para acceder a beneficios económicos. Cuando todos son víctimas, las verdaderas pierden la atención específica que merecen.

La cancelación se ha convertido en el arma de esta república del lloriqueo. Quien es acusado no puede defenderse sin ser acusado de "revictimizar" a quien lo denunció. No se dialoga con acusados, se los condena sin escucharlos. Bruckner nota que la víctima es reconocida como "sujeto jurídico que amerita resarcimiento, pero nunca sujeto ético imputable de pecado, falta o fechoría". Eso significa que grupos pueden destruir obras de arte o protagonizar actos hostiles en nombre de alguna victimización y escapar sin consecuencias.

Los líderes políticos descubrieron una mina de oro en el victimismo. Acusan de conspiración cuando los cuestionan, se presentan como defensores de valores amenazados y crean enemigos eternos: el golpe mediático, la ideología de género, el castrochavismo, los migrantes. Cuando la gente se siente agraviada, como advierte Pascal, deja de actuar racionalmente y busca un líder que le prometa ser su escudo. La queja reemplaza entonces la rendición de cuentas. Como dijo Bruckner, "para determinadas personas la queja es un modo de vida" y "deplorar la propia vida sigue siendo el mejor medio de no hacer nada para cambiarla".

El costo de esta enfermedad es alto. Mientras unos lucran con la victimización, quienes realmente han padecido discriminación, violencia y pobreza estructural pierden. Sus reclamos legítimos quedan ahogados en una competencia de sufrimientos. Vivimos en una república donde todos se venden como agraviados pero nadie quiere ser responsable. El resultado es una sociedad donde exigimos justicia a otros mientras nos eximimos de toda culpa.

Fuente original: Guajira News

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