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Córdoba bajo el agua: las historias de quienes lo perdieron todo en una noche de febrero

Fuente: El Colombiano - Colombia
Córdoba bajo el agua: las historias de quienes lo perdieron todo en una noche de febrero
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El río Sinú se desbordó la noche del 7 de febrero en Córdoba tras lluvias extraordinarias que superaron en 16 veces el promedio histórico para esa época. Más de 200 mil personas resultaron afectadas, con cientos de viviendas dañadas. Detrás de las cifras están historias de familias que perdieron sus casas, sus sueños y sus pertenencias, pero que mantienen la determinación de reconstruir sus vidas con lo poco que les quedó.

En la noche del 7 de febrero, cuando apenas eran las 10 de la noche, los gritos de alerta rompieron el silencio de Montería y municipios vecinos de Córdoba. El río Sinú había reventado sus compuertas. Con una fuerza que nadie esperaba, el agua entró a las casas, a las calles, a la vida cotidiana de decenas de miles de cordobeses. Para algunos como Lorena, fue el reencuentro con un fantasma del pasado: la última vez que el río creció así, ella era apenas una niña. Hoy, siendo adulta, ve las marcas oscuras en sus paredes que cuentan hasta dónde llegó ese torrente que cambió todo en cuestión de minutos.

Marnedis estaba en alerta, porque días antes le habían advertido sobre las lluvias. Pero nadie imaginó que sería así, tan brutal. Cuando el agua le subió hasta el pecho, supo que no había más tiempo. En su casa del barrio La Vid vivían ella, sus dos hijos y dos nietos: uno con neumonía y otra con discapacidad mental. "Nos dijeron que habría inundación pero nunca pensamos que podía llegar a ese nivel", cuenta la abuela. Un primo de La Pradera llegó en la oscuridad para rescatar a la nieta. "Si mi primo no nos hubiera ayudado, no sé qué habría sido de nosotros", dice. Los colchones inflables se convirtieron en lanchas improvisadas esa noche; sobre ellos amarraban bolsas con documentos, comida y lo poco que podían salvar. Perdieron la nevera, el televisor, una licuadora, un juego de muebles. Pero lograron sacar a los niños, y eso era lo que importaba.

Doña Gladys llegó a Montería apenas hace dos meses con su nieto de cinco años, escapando de la pobreza en Urabá. Ella quería darle educación, estabilidad, un futuro diferente. Lo matriculó en la escuela, solo le faltaban los zapatos para empezar. Pero cuando llevaban un mes en su nueva rutina, el agua llegó. Hoy duermen en una colchoneta en un albergue temporal, entre decenas de personas. "Estas no son condiciones para él", dice ella, decidida a salir de allí aunque sea para ocupar un cuartito donde al menos puedan cerrar una puerta. "Uno empieza otra vez si toca, pero el niño necesita estar mejor", insiste. Y cuando le preguntan si devolvería al niño a Urabá, responde sin dudarlo: "Pa' allá no lo voy a devolver". Su apuesta sigue en pie, aunque ahora todo tenga que empezar de cero.

Luis tardó dos años en construir su casa junto a su esposa. Su hija de tres años creció entre ladrillos y arena. Se mudaron apenas quince días antes de la inundación, el tiempo justo para dormir una noche en su nueva vivienda, para acomodar ropa en el clóset recién armado, para colgar una cortina en la habitación de la niña. "Era nuestra. Por fin nuestra", repite ahora con la mirada perdida en el agua que cubre su barrio, Altos de Canaán. No puede entrar a revisar qué quedó en pie. Hace turnos con líderes barriales para evitar que saqueen lo poco que sobrevivió. "Dos años para hacerla y no alcanzamos ni a vivirla", murmura con una tristeza contenida, sabiendo que cuando el agua baje, tal vez deba empezar todo otra vez.

En los barrios de Montería, la gente no espera a que nadie los rescate. Con baldes y palas, los vecinos se ayudan entre ellos para sacar el agua, remover el lodo, rescatar lo que queda en pie. "Nadie ha venido a decirnos nada y no podemos quedarnos esperando mientras nuestras casas se pudren en aguas negras; ya se ven las culebras, hay mosquitos y todos los días está lloviendo", cuentan en el barrio Los Colores. Es un avance mínimo frente a la magnitud del desastre, pero es lo único que tienen a mano.

Lo que causó esta tragedia fue una tormenta sin precedentes. En apenas los primeros seis días de febrero cayó toda el agua que los expertos esperaban para todo el mes. Febrero es históricamente seco, con aportes promedio al embalse de la hidroeléctrica Urrá de 121 metros cúbicos por segundo. Pero este año los aportes llegaron a superar los 2 mil metros cúbicos por segundo: dieciséis veces más que el promedio. La represa alcanzó niveles máximos y se desbordó, aumentando el caudal del río Sinú. Como nadie esperaba tanta agua, no hubo alertas tempranas. Los afectados en terreno señalan directamente a la hidroeléctrica por el desastre, argumentando que fue construida para responder a intereses propios y no al bienestar de la comunidad. El gobierno estima más de 200 mil personas afectadas, cientos de viviendas dañadas y un drama innumerable de familias que probablemente ni siquiera están registradas en los censos.

Emira Martínez también estaba estrenando casa. Pero no es su sueño propio el que se perdió, sino el de su hijo. Él prestó el servicio militar y hace un año se fue a Dubai para trabajar y construir esa vivienda para su mamá. Lo perdieron todo. "Llegamos hace dos meses. Esta casa la construimos en familia, mi hijo se fue para Dubai porque su sueño era darme la casita y me la dio. Pero ahora todo está inundado y las cositas que compramos nuevas, como las puertas están destruidas". Emira visita todos los días su casa, pero solo puede quedarse mirando desde la orilla del agua. "Nadie puede vivir en estas condiciones y aunque el agua se vaya, yo no voy a traer a mi familia a vivir en esta humedad, hay muchas culebras". Su hijo desde Dubai le dice que no se preocupe, que todo lo material se recupera, que lo importante es que estén bien. Ella mira a sus vecinos, consciente de que todos enfrentan lo mismo, y sale con una olla rebosante de sancocho para compartir. "Camine almuerce que para todos hay", dice generosa, agradecida por la vida y segura de que saldrá adelante.

Fuente original: El Colombiano - Colombia

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