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Cinco hambres distintas: la historia detrás de cada voto en la urna

Fuente: El Isleño
Cinco hambres distintas: la historia detrás de cada voto en la urna
Imagen: El Isleño Ver articulo original

Un relato que retrata las motivaciones ocultas de cinco votantes que llegan a las urnas movidos por necesidades muy diferentes. Desde el abuelo que busca seguridad para sus nietos, hasta la empresaria que persigue un contrato, el hombre consumido por el resentimiento, la madre agotada que espera soluciones y el joven que duda. Todos caminan en la misma fila sin saber que están conectados por historias familiares y, sobre todo, por distintas formas de hambre que van más allá de la comida.

Cuando el portón se abrió esa mañana, el primero en entrar fue un anciano. Llegó temprano, caminando lentamente con un bastón que conocía de memoria el camino hacia la urna. Vivía solo desde hacía años, pero aún partía el pan en cuatro pedazos, como si sus nietos aún estuvieran en casa. No era hambre de comida lo que lo movía. Era el miedo ancestral a que la escasez regresara. Frente al tarjetón, no buscaba un nombre. Buscaba la promesa de que ninguno de sus nietos volvería a aprender lo que era pasar hambre de verdad.

Tras él llegó una mujer en camioneta. Había estudiado, trabajado, construido una vida que otros envidiaban. Pagaba créditos, sostenía una empresa pequeña y esperaba con ansia un contrato que podía garantizar el futuro de quienes dependían de ella. Su hambre no era de dinero; era de certeza, de tranquilidad, de no caer. Entendía que ese contrato no era urgente para el pueblo, pero sí para ella que conocía bien el precio de la derrota.

Su marido caminó detrás, convencido desde hace años de que la vida repartía premios con las manos torcidas. Cada ascenso ajeno, cada subsidio que no recibía, se le amontonaba como una derrota personal. Había dejado de esperar un mañana mejor. Ahora le bastaba ver caer a quienes culpaba de su frustración. Su voto era una búsqueda de reparación imposible. El resentimiento llevaba demasiado tiempo cenando en su mesa.

La cuarta llegó con los hombros vencidos. Criaba sola a dos hijos y cada noche hacía cuentas que nunca alcanzaban. El barrio le parecía un rompecabezas sin bordes. No esperaba milagros, solo descanso. Quería creer que existía alguien capaz de poner orden donde ella solo veía caos. Depositó su voto con la confianza ingenua de un niño que entrega la mano a un adulto que promete conocer el camino.

El último se quedó varios minutos frente al tarjetón. Había leído, escuchado debates, cambiado de opinión más de una vez. Mientras todos parecían tener respuestas, él acumulaba preguntas. Comprendió que la duda también podía ser una forma de valentía. Sin saberlo, tenía hambre de pensamiento crítico, la más silenciosa de todas.

Lo curioso es que ninguno supo que los otros estaban allí. El anciano era el abuelo de la mujer del contrato. Ella compartía mesa y cama con el hombre del resentimiento. Él saludaba cada mañana a la madre que esperaba un padre para la ciudad. Esa madre había enseñado a leer al joven que aún no descubría su hambre por comprender. Y el joven atendía cada sábado la panadería donde el viejo compraba su pan de cuatro pedazos.

Nunca supieron que caminaban la misma fila, compartían la misma isla y el mismo destino. Detrás de cada voto no caminaba un candidato. Caminaban cinco hambres distintas. Algunas nacían en el estómago y la memoria, otras en las heridas y el cansancio. Una, la más callada, nacía en el deseo de comprender. Quizá esa última fuera la única que no esperaba que alguien la alimentara.

Fuente original: El Isleño

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