Cien mil animales muertos: el informe que expone cómo los grupos armados usaron bestias como armas de guerra

Un estudio de la JEP y la Universidad de Essex documentó que al menos 100.252 animales fueron asesinados o heridos durante el conflicto armado colombiano, y que su instrumentalización no fue accidental sino sistemática. Los grupos armados los utilizaron de nueve formas distintas: desde transportes en combate hasta detonadores de explosivos, pasando por torturas y propaganda. El informe busca reconocer a los animales como víctimas invisibles del conflicto y hacer visible su sufrimiento en la construcción de la paz.
Cuando se habla de las víctimas del conflicto armado en Colombia, rara vez se mencionan a quienes no pueden contar su historia. El informe "Daños Invisibles", producido por la Jurisdicción Especial para la Paz junto con investigadores de la Universidad de Essex, cambio esa narrativa al documentar la violencia sistemática contra los animales en la guerra colombiana. Los números son desgarradores: al menos 100.252 animales individuales, la mayoría domésticos, resultaron muertos o heridos a causa de grupos armados. En promedio, cada 30 minutos un animal perdía la vida o sufría heridas graves.
Lo inquietante es que esta masacre no fue colateral. El informe revela que los animales fueron instrumentalizados deliberadamente, integrados en las máquinas de guerra como piezas más de la estrategia. El 32% de las muertes ocurrió por acciones militares directas como combates y ataques con drones, mientras que el 27% se debió al abandono forzado cuando sus cuidadores fueron desplazados. Además, 44 especies silvestres enfrentan riesgo de extinción inminente como consecuencia directa del conflicto.
El informe documenta nueve modalidades distintas de instrumentalización. En zonas montañosas donde los vehículos no llegan, caballos, mulas y burros fueron integrados a la logística militar para transportar combatientes, heridos, armas, alimentos y medicinas. Según testimonios de excombatientes, estos animales compartían los campamentos y estaban expuestos a las mismas exigencias extremas y peligros que los humanos. Pero la crueldad fue más allá: grupos armados usaron animales para detonar explosivos, una práctica prohibida por el Derecho Internacional Humanitario. En 1996, en Chalán, Sucre, un burro cargado de explosivos fue detonado, matando a 11 policías.
Los relatos de tortura hacen piel de gallina. En Puerto Triunfo, Antioquia, paramilitares enterraban personas dejando solo la cabeza expuesta para untarles miel e incitar ataques masivos de avispas. También usaban serpientes y exponían a las víctimas en ciénagas del Meta y Vichada, donde quedaban vulnerables a ataques de caimanes. Todo esto con un propósito claro: sembrar terror psicológico para controlar a la población.
Los animales sirvieron también como centinelas y vigilantes. Perros y aves alertaban sobre la proximidad de tropas enemigas. En la selva, combatientes interpretaban señales de la fauna silvestre, desde los gritos de los monos hasta el comportamiento de las luciérnagas, convirtiendo el hábitat natural en un dispositivo de control militar. En los antiguos campamentos de las FARC-EP, diversas especies fueron integradas en redes de observación. Tan importante eran que grupos armados envenenaban perros para impedir que alertaran sobre sus desplazamientos.
La dimensión propagandística también incluyó animales. Loros fueron adiestrados para repetir consignas como "Viva la guerrilla" o "Paraco asesino", llevando el lenguaje de la guerra al ámbito doméstico. Durante el paro armado del Clan del Golfo en 2022, mulas y burros fueron pintados con las siglas del grupo armado en carreteras del Caribe, operando como señales de advertencia que paralizaban a la población civil.
En el plano ritual, combatientes practicaban la ingesta de sangre animal buscando "blindarse" simbólicamente contra las balas. Colmillos de felinos, garras y plumas se convertían en símbolos de poder que otorgaban estatus en las estructuras criminales. Y finalmente, los animales fueron utilizados para extorsionar: en marzo de 2023 en Sucre, un grupo armado sacrificó seis reses con motosierras en una finca. La carne abandonada confirmó que era represalia por no pagar extorsión, un mensaje directo a los humanos sobre las consecuencias de la desobediencia.
La JEP busca que este sufrimiento deje de ser una estadística invisible. Al nombrar y medir estos daños sistemáticos —acción militar, abandono forzado, envenenamiento, accidentes con explosivos, retención ilegal y amenazas—, la institución pretende convertir a los animales en un eje central para la justicia, la memoria y la construcción de una paz real en el país.
Fuente original: El Colombiano - Colombia
