China castiga a Japón: de los pandas a las tierras raras, el pulso económico y militar por Taiwán

Las relaciones entre China y Japón cayeron a su peor nivel en años tras comentarios de la primera ministra japonesa Sanae Takaichi sobre defensa de Taiwán en noviembre. Pekín ha respondido con una estrategia de presión en múltiples frentes: restricciones a exportaciones de minerales críticos, reducción del turismo chino, cancelación de vuelos y recuperación de pandas que vivían en Japón. Aunque las medidas son menos agresivas que en conflictos anteriores, analistas advierten que la relación no mejorará pronto porque Taiwán es una "línea roja" para China y Takaichi tiene capital político tras su reciente victoria electoral.
El drama de los pandas Xiao Xiao y Lei Lei marcó un hito simbólico hace poco: por primera vez en décadas, Japón se quedó sin osos panda chinos. Miles de japoneses despidieron llorosos a los animales en el Zoológico Ueno de Tokio antes de que fueran enviados de regreso a China. Lo inusual no fue el regreso de los pandas, sino lo que significaba: una señal pública y dolorosa del quiebre entre dos potencias asiáticas que hasta hace poco parecían condenadas a coexistir, como vecinos incómodos pero funcionales.
El detonante fue directo. En noviembre pasado, Sanae Takaichi, la nueva primera ministra de Japón, hizo unos comentarios que atravesaron una línea que China ha marcado como intocable: sugirió que Japón activaría su fuerza de autodefensa si alguien atacara Taiwán. Para Pekín, esto fue una provocación mayúscula. China ve a Taiwán como una provincia rebelde y considera cualquier interferencia externa como una injerencia inaceptable en asuntos internos. Takaichi no se disculpó. En cambio, dijo que sería más cuidadosa, pero se negó a retractarse. Eso fue un error desde la perspectiva china.
Lo que pasó después fue una demostración coordinada de cómo una potencia moderna puede apretar tuercas sin disparar un solo tiro. China no eligió un solo frente. Envió buques de guerra y drones cerca de las islas japonesas, fijó radares de misiles en aviones nipones, aumentó incidentes en aguas disputadas y canceló 49 rutas aéreas. Pero lo que realmente afecta el bolsillo de los japoneses fue lo económico. Pekín restringió las exportaciones de tierras raras y minerales críticos (materiales esenciales para tecnología, baterías y semiconductores), advirtió a sus ciudadanos que no viajen a Japón y canceló eventos culturales.
Esto tiene un peso real. Los turistas chinos representan una cuarta parte de todos los turistas extranjeros que visitan Japón. Cancelar vuelos, detener películas japonesas en cines chinos y retirar artistas del escenario a mitad de conciertos es economía disfrazada de diplomacia. Incluso Pokémon sufrió: un evento planeado en el Santuario Yasukuni (que honra a militares caídos, algunos considerados criminales de guerra por China) fue cancelado tras la presión. En redes sociales, activistas chinos generaron videos con inteligencia artificial mostrando a personajes como Ultraman peleando contra Takaichi.
Lo sorprendente es que China, según analistas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, "ha sido relativamente limitada en comparación con el pasado, pero hay amplio margen para una mayor escalada". Esto importa porque China podría ir mucho más lejos si quisiera. Pero hay un cálculo detrás: Pekín se posiciona actualmente como guardiana del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial y busca verse como una potencia responsable frente a Estados Unidos. Una guerra abierta no le vendría bien a esa narrativa.
La pregunta que mantiene despiertos a los analistas es si habrá salida. Probablemente no pronto. Takaichi acaba de ganar unas elecciones con respaldo histórico, lo que le da capital político para mantenerse firme. Planea aumentar el gasto en defensa al 2 por ciento del PIB y fortalecer sus vínculos con Washington. Mientras tanto, China desconfía profundamente de ella porque interpreta sus intentos de reducir tensión sin retractarse como "hipocresía estratégica". Ambas partes probablemente se atrincherarán en una tensión más alta que la de antes. El factor impredecible es Donald Trump: su apoyo a Japón es explícito, pero sus próximas reuniones con el presidente chino Xi Jinping en abril podrían cambiar los cálculos. Los japoneses temen "un gran acuerdo" entre los dos presidentes que los deje afuera. Mientras eso se define, la relación sino-japonesa seguirá congelada en una paz tensa donde los pandas ya no son diplomáticos, sino rehenes.
Fuente original: BBC Mundo - Economía