Campesina guajira viajó desde La Sierrita para escuchar a Petro y llevar esperanza a su pueblo

Rosa Patricia Mendoza llegó desde el corregimiento de La Sierrita en San Juan del Cesar con sus propios recursos para asistir a un encuentro con el presidente Gustavo Petro. La mujer representa a una comunidad rural que lleva años pidiendo ayuda: agua potable, mejores viviendas y tierras productivas para trabajar el campo. Su viaje es el reflejo de la esperanza que muchos campesinos olvidados depositan en que el Gobierno nacional les brinde las soluciones que administraciones locales no han logrado entregar.
Desde la madrugada o quizás desde días antes, Rosa Patricia Mendoza tenía clara su misión: llegar hasta donde estuviera el presidente Gustavo Petro para escucharlo. Esta campesina guajira pagó de su bolsillo los pasajes desde La Sierrita, un corregimiento de San Juan del Cesar, movida por algo que muchos todavía conservan en estos tiempos: la esperanza de que alguien desde el Gobierno nacional finalmente la escuche. No buscaba nada extraordinario, solo ver de cerca al mandatario y tal vez llevarse la certeza de que sus necesidades le importan a alguien arriba.
Lo que Rosa Patricia cargaba en el corazón mientras hacía ese viaje era el peso de los años. En La Sierrita, comenta ella, el abandono es tan viejo que ya casi nadie lo menciona. Las familias viven resolviendo día a día lo que otros pueblos ya tienen garantizado: agua para beber, casas en condiciones, tierra donde trabajar. El cultivo del guineo, la malanga y otros alimentos depende completamente de poder acceder al agua, pero el corregimiento no tiene acueducto. Las personas cargan el agua en vasijas desde arroyos lejanos o simplemente aprenden a vivir con lo que cae del cielo.
La falta de agua no es solo un inconveniente doméstico en La Sierrita. Es el obstáculo que impide que los campesinos crícen animales en mejores condiciones, que hagan florecer sus patios productivos, que se queden en sus tierras en lugar de emigrar buscando oportunidades. Rosa Patricia lo explicaba con la claridad de quien vive esta realidad: "el agua es la base para que las familias campesinas puedan trabajar y permanecer en su tierra". Para ella, un acueducto sería el cambio que transformaría la vida de toda la comunidad.
La campesina también tiene memoria del paso del tiempo en su región. Aunque reconoce que poco recuerda de los años más duros de la violencia que azotó La Guajira, sabe que su pueblo fue tocado por eso. Muchas familias cargan todavía en silencio las cicatrices de ese pasado. Además, destaca con orgullo que en La Sierrita existe una iglesia colonial que merece ser protegida como patrimonio, un lugar que representa la identidad y la historia de su gente.
Lo que llama la atención en la historia de Rosa Patricia es que ella no reclama favores imposibles. Pide lo básico: que el Gobierno nacional considere a los campesinos en su agenda, que lleguen obras concretas como acueductos y viviendas, que se reconozca que las zonas rurales olvidadas también existen. Su viaje desde La Sierrita es el reflejo de una frustración tranquila: administraciones locales que vinieron y se fueron sin resolver lo fundamental, y la necesidad creciente de sentir que alguien en el nivel nacional finalmente los ve. Rosa Patricia representa a muchísimas personas en el campo colombiano que siguen esperando que las promesas se conviertan en tuberías de agua, en casas nuevas, en la posibilidad de quedarse en casa.
Fuente original: La Guajira Hoy


