Camilo Zamora, el único colombiano en Río: diez años llevando a Cali al corazón del carnaval más grande del mundo

Por décimo año consecutivo, el bailarín vallecaucano Camilo Zamora fue el único artista colombiano invitado al Carnaval de Río de Janeiro. Este 2026 desfiló con la escuela Unidos de Vila Isabel en el emblemático carro "Abre alas", que abrió oficialmente el desfile en el Sambódromo. Zamora aprovechó la plataforma para proyectar a Cali y Colombia, demostrando cómo la salsa y la samba crean puentes culturales entre ambos países.
Una década de presencia en la fiesta más grande del planeta. Así resume Camilo Zamora su trayectoria en el Carnaval de Río de Janeiro, donde año tras año llega como el único representante colombiano invitado a brillar en uno de los escenarios culturales más influyentes del mundo. Este 2026 no fue la excepción. Con sus 1,93 metros de estatura y su destreza innata para el movimiento, el bailarín y anfitrión de Delirio volvió a demostrar por qué es considerado un embajador del talento caleño en la escena internacional.
Esta vez, Zamora integró la escuela de samba Unidos de Vila Isabel, una institución de tradición que desfiló con 3.600 integrantes y siete carrozas de gran formato. Pero su participación fue especialmente destacada: estuvo ubicado en el "Abre alas", la primera carroza que inauguró oficialmente el tradicional desfile en el Sambódromo. Se trataba de una estructura monumental con cerca de 70 artistas, decorada en tonos beige y dorados con acentos azules y blancos, que incorporaba agua en movimiento y efectos de luz para potenciar la experiencia visual. La escena representaba un momento de la historia africana previo a la esclavitud, evocando un reinado lleno de majestuosidad, vestuario que honraba la riqueza cultural y espiritual de un continente cuya herencia llegó después a América a través de migraciones forzadas.
Para Zamora, esta participación tenía un significado que iba más allá del espectáculo. "Como colombiano fue un orgullo poder subirme a esa carroza y demostrar como artista la unión entre la samba y la rapidez de los pasos del bailarín caleño", expresó el icónico intérprete de Delirio. Y agregó un mensaje que resume su visión: "Es un mensaje no solo para los bailarines del país sino para todos los colombianos que ven en la danza un vehículo que conecta culturas y comunica paz, unión, alegría y esperanza. Mi baile no solo es el de Cali, sino el de todo un país que respira arte".
El Carnaval de Río se convierte en esas fechas en una vitrina global única. Durante los 60 minutos que duró el desfile, 40 jurados especializados evaluaban aspectos como la armonía de la batería, las coreografías, el vestuario y el desempeño integral. Entre 70.000 y 90.000 personas llenaban el Sambódromo cada noche, sin contar el millón y medio de espectadores a través de distintas plataformas. Para Zamora, esto representaba una oportunidad extraordinaria de hablar de Cali y Colombia, de las similitudes culturales entre ambos países y de la fuerza de nuestras tradiciones. La samba y la salsa como ritmos identitarios, los instrumentos de viento y percusión en primer plano, los coros que marcan la energía colectiva, e incluso la caña de azúcar, producto del que Brasil y Colombia son referentes mundiales, son conexiones que van tejiendo un diálogo cultural profundo.
"Para mí es un gran momento, porque los bailarines caleños estamos liderando distintos escenarios internacionales. El Carnaval de Río de Janeiro no es solo una oportunidad para mostrar eso, sino también para ser feliz y hacer felices a los demás hablando bien de Cali y de Colombia ante el mundo entero", manifestó Zamora.
Su historia en Río empezó hace diez años. En 2016, algunos brasileros lo vieron abriendo el Salsódromo de la Feria de Cali y le extendieron una invitación inesperada. Desde entonces, Zamora ha consolidado su presencia en uno de los escenarios culturales más influyentes del planeta, fortaleciendo los lazos entre Cali y Río de Janeiro. Un vallecaucano que comenzó a bailar desde los 8 años en Jamundí, motivado por su familia, y que descendía de la Negra Grande de Colombia, Leonor González Mina, quien siempre lo apoyó. Hoy, ese niño que practicaba en la Casa de la Cultura se presenta ante el mundo como prueba de que la danza, más allá de los pasos y la técnica, es un idioma universal que conecta culturas, celebra identidades y proyecta historias enteras.
Fuente original: El Tiempo - Colombia