Cambio climático y tecnología: la paradoja que amenaza con apagones en América Latina

América Latina enfrenta un dilema energético sin precedentes. Aunque moderniza sus redes eléctricas con tecnología inteligente e integra energías renovables, el cambio climático intensifica sequías que vulneran sistemas que dependen fuertemente de represas hidroeléctricas. El fenómeno de El Niño agrava la situación en países como Colombia, donde dos terceras partes de la electricidad provienen del agua. Paradójicamente, las redes más avanzadas también son más complejas y sensibles a fallas en cascada, como demostraron apagones recientes en Chile, Argentina y Puerto Rico.
América Latina enfrenta un desafío energético nunca antes visto. Por una parte, la región moderniza sus sistemas eléctricos con redes inteligentes que monitorizan y controlan la distribución en tiempo real, e integra masivamente energías renovables. Por otra, el cambio climático intensifica sequías severas y eventos climáticos extremos que socavan la confiabilidad de las represas hidroeléctricas, históricamente el pilar del suministro regional. La llegada de un nuevo fenómeno de El Niño de gran intensidad añade presión a un sistema ya de por sí frágil.
Los apagones masivos del último año exponen esta vulnerabilidad incluso en sistemas modernizados. En febrero de 2025, Chile sufrió uno de sus mayores colapsos eléctricos, afectando a más del 90 por ciento de usuarios e interrumpiendo la minería. Puerto Rico continúa enfrentando cortes recurrentes tras años de deterioro en su infraestructura. En Centroamérica también se han registrado apagones regionales causados por fallas en líneas de transmisión interconectadas. Incluso Europa, con redes entre las más robustas del mundo, ha experimentado episodios de inestabilidad.
Colombia ejemplifica esta fragilidad. Cerca de dos terceras partes de su generación proviene de centrales hidroeléctricas, altamente sensibles a fenómenos climáticos como El Niño. El país ya sufrió una crisis energética en 1992 y enfrentó otra situación crítica durante la sequía de 2015 y 2016, cuando los embalses perdieron capacidad mientras la demanda seguía aumentando. Hoy, con el cambio climático registrando temperaturas superiores a 44 grados centígrados en países vecinos durante 2025, el riesgo de desabastecimiento ha vuelto a preocupar al Ministerio de Minas y Energía.
La paradoja que genera inquietud es que los sistemas eléctricos modernos, aunque más inteligentes, también son más complejos y sensibles a perturbaciones en cascada. Cuando disminuye la generación hidroeléctrica, los países recurren a plantas térmicas de respaldo que funcionan con gas natural, carbón o diésel, precisamente los combustibles fósiles que se busca abandonar. En el caso colombiano, esto ocurre mientras el país transita de productor a importador de gas con costos internacionales elevados y limitaciones en infraestructura de importación.
El aumento de temperaturas agrava aún más la situación: acelera la evaporación en embalses y aumenta el estrés hídrico en regiones como el Caribe colombiano, Chile central, Venezuela y el nordeste brasileño. La complejidad operativa de las redes modernas también presenta riesgos. Cuando múltiples fuentes intermitentes de energía renovable se integran en sistemas altamente interconectados, pequeñas fallas pueden propagarse rápidamente y desencadenar apagones simultáneos en varios países, como ocurrió en Argentina, Uruguay y Paraguay en 2019.
El desafío no es detener la transición energética, sino asegurar que sea resiliente. América Latina debe acelerar la incorporación de energías solares y eólicas para diversificar su matriz, fortalecer la transmisión, expandir infraestructura de almacenamiento y desarrollar herramientas avanzadas de monitoreo predictivo. Los sistemas eléctricos del futuro deben producir energía limpia, recuperarse rápidamente ante eventos extremos y mantener estabilidad bajo condiciones climáticas cada vez más impredecibles. La pregunta ya no es si ocurrirán nuevos apagones, sino cuán preparados estarán los sistemas para anticiparlos, contenerlos y recuperarse cuando suceda lo inevitable.
Fuente original: El Tiempo - Vida