Ana Amaris: la médica que eligió cambiar políticas para salvar millones de vidas

Ana Amaris es una médica bogotana que decidió abandonar la práctica clínica para trabajar en políticas públicas de acceso a medicamentos. Desde Estados Unidos, observa con preocupación el actual colapso del sistema de salud colombiano, especialmente el desabastecimiento de fármacos. Ha desarrollado herramientas para que gobiernos negocien tratamientos de alto costo y proyectos que permitan a los pacientes participar informadamente en decisiones sobre medicamentos.
A diferencia de muchos médicos que atienden pacientes uno a uno, Ana Amaris eligió un camino distinto: trabajar para que millones de personas puedan acceder a medicamentos y tratamientos a tiempo. Médica de formación y especialista en salud pública, dedicó su carrera a estudiar cómo las decisiones que se toman en los escritorios del poder público terminan afectando la vida de quienes necesitan una medicina urgente o una cirugía que no pueden esperar. Actualmente trabaja desde Estados Unidos en iniciativas internacionales sobre acceso a medicamentos y política farmacéutica, pero mantiene la vista puesta en Colombia con una mezcla de atención y preocupación.
El cambio de dirección en su carrera ocurrió temprano. Mientras cursaba medicina, descubrió que los principales problemas de sus pacientes no nacían dentro de los hospitales, sino antes. Venían de decisiones institucionales mal tomadas, de regulaciones deficientes, de políticas públicas mal diseñadas y de trámites administrativos que bloqueaban el acceso a tratamientos. Ese fue el momento en que entendió que para generar un impacto real en la vida de muchas personas tenía que mirar el sistema completo, no solo la relación entre el médico y quien estaba en la camilla. Así comenzó su interés por la salud pública y, particularmente, por entender cómo funcionaba el acceso a medicamentos en los países.
Cuando observa hoy el sistema colombiano, reconoce que tiene fortalezas que frecuentemente se olvidan. Colombia logró alcanzar una cobertura cercana al 99 por ciento, algo que pocos países en América Latina han conseguido. Durante años fue considerado uno de los más sólidos de la región. Sin embargo, advierte que "a veces olvidamos que construir un sistema de salud toma décadas". Por eso le preocupa que la discusión pública se haya polarizado tanto, "como si pareciera que todo era perfecto o que todo era un desastre". La verdad, dice, es más compleja: había avances reales pero también problemas reales que necesitaban atención.
Los retos de dinero, las desigualdades entre regiones y las barreras para acceder a medicamentos se han vuelto cada vez más visibles. Pero para Amaris, la preocupación más urgente ahora es justamente el acceso a medicamentos. Lo ve en las filas de pacientes que esperan horas para reclamar tratamientos que necesitan. Aunque reconoce que hay inequidades que corregir y barreras que derribar, también cree que las reformas del sistema de salud son extraordinariamente complejas. Requieren mucha capacidad técnica e institucional para ejecutarse de manera correcta.
Para ella, el enfoque actual de intentar transformar demasiadas cosas al mismo tiempo en el sistema es problemático. Cuando se tratan de cambiar simultáneamente tantas piezas de un sistema tan complejo, existe el riesgo de terminar agravando precisamente los problemas que se buscaba resolver. Ha trabajado en dos frentes principales: el fortalecimiento de capacidades técnicas en gobiernos y organizaciones para implementar mecanismos innovadores que mejoren el acceso a medicamentos, y la creación de espacios donde gobiernos, industria farmacéutica y pacientes puedan conversar con un objetivo común: mejorar la salud de las personas.
Entre sus logros profesionales, destaca un trabajo que realizó para Colombia diseñando mecanismos que permitieran al Estado negociar de manera más eficiente tratamientos de alto costo para pacientes con enfermedades complejas. Aunque finalmente no se implementó, sigue convencida de que podría generar beneficios enormes. También creó una academia para pacientes con el propósito de que entienda el lenguaje técnico sobre regulación, financiamiento y política farmacéutica. Así, cuando se sientan a conversar con gobiernos o empresas farmacéuticas, comprendan exactamente de qué se está hablando. Esta iniciativa creció tanto que continuó incluso después de que ella se fue de la organización donde la creó.
Pese a sus logros, admite que experimenta síndrome del impostor todos los días. Se pregunta si realmente sabe lo suficiente o si está tomando las decisiones correctas. Parte de eso viene de haber cambiado radicalmente de trayectoria. Estudió Medicina imaginando una carrera clínica y terminó construyendo algo muy diferente. Pero ha tenido la fortuna de encontrar mentores y colegas extraordinarios que la han ayudado a confiar en su trabajo.
Lo que más le duele de Colombia en este momento es el desabastecimiento de medicamentos. Dice que le golpea profundamente. Incluso durante la pandemia sintió menos preocupación que ahora, porque en ese momento el sistema mostró capacidades importantes de respuesta ante una emergencia extraordinaria. Hoy, advierte, se enfrentan a problemas estructurales que afectan la vida cotidiana de miles de pacientes. Si mañana la llamaran desde Colombia para ayudar a resolver estos problemas, lo consideraría seriamente. Su país siempre será su casa, toda su familia vive allá y cree que Colombia necesita cada vez más personas dispuestas a traer de vuelta lo que han aprendido en el exterior.
Fuente original: El Tiempo - Vida