América Latina crece poco y eso nos limita: qué significa el 2,3% para el empleo y los impuestos

América Latina proyecta un crecimiento de apenas 2,3% para 2026, muy por debajo de regiones como Asia-Pacífico que crecerá entre 4% y 6%. Este ritmo lento restringe la generación de empleos formales, reduce la capacidad de gasto público de los gobiernos y genera una sensación de estancamiento que afecta la confianza de inversores y ciudadanos. El desafío es evitar que esta cifra modesta se consolide como una tendencia permanente en la región.
Cuando un economista habla de crecimiento del 2,3%, la mayoría de las personas bosteza. Pero esa cifra pequeña tiene consecuencias grandes en el bolsillo real de los latinoamericanos. El Banco Mundial estima que América Latina crecerá a ese ritmo en 2026, una velocidad de crucero que contrasta con lo que está pasando en otras partes del mundo. En Asia-Pacífico y África subsahariana las economías avanzan entre 4% y 6%, casi el triple. La región se está quedando atrás, y eso importa.
¿Qué significa crecer poco para alguien que busca trabajo? Cuando una economía se expande lentamente, las empresas no tienen prisa por contratar personal nuevo. Los empleos formales (aquellos con contrato y protección social) se generan más lentamente. Los gobiernos, mientras tanto, se enfrentan a un dilema: si hay menos dinero fluyendo por la economía, hay menos impuestos por cobrar, lo que aprieta los recursos para financiar educación, salud y obras públicas. Es como tratar de llenar una piscina con una llave a media presión.
Ignacio De Angelis, vicedecano de la Universidad Internacional de Valencia, lo describe así: "La vida cotidiana no empeora de forma abrupta, pero se consolida una sensación de estancamiento prolongado, donde las oportunidades dependen más del esfuerzo individual que del contexto económico general". Eso es exactamente lo que genera frustración. El problema no es una crisis visible, sino la permanencia de un ritmo que no avanza. Las personas sienten que el contexto no acompaña sus aspiraciones, así se esfuercen más.
A nivel internacional, este crecimiento lento también debilita a América Latina. Mientras otras regiones avanzan más rápido, la distancia se agranda y la región pierde peso en las decisiones económicas globales. Es como quedarse atrás en una carrera donde solo los más rápidos importan. La capacidad de negociar y tener voz en la economía mundial se reduce.
Hay sectores con potencial: energía, minerales críticos, agroindustria y servicios basados en conocimiento podrían funcionar como motores. La demanda global existe. El problema es que estos sectores solo generarán empleos y bienestar si crean encadenamientos productivos locales, es decir, si estimulan otras industrias en la región y no se quedan solo extrayendo recursos sin transformarlos.
El riesgo más profundo es que este ritmo modesto se normalice. Si los gobiernos se acostumbran a crecer a 2,3%, mientras otras regiones crecen al 5%, la informalidad laboral aumentará, la inversión en nuevos proyectos se contraerá y las finanzas públicas se apretarán cada vez más. De Angelis advierte que "la región enfrenta el riesgo de quedar atrapada en un equilibrio de bajo crecimiento, con economías que funcionan pero no transforman".
Para salir de esta trampa, América Latina necesita repensar sus relaciones comerciales. Las tensiones geopolíticas y la reorganización de cadenas de suministro globales abren oportunidades para conectarse con nuevos socios: la Unión Europea, India y especialmente Asia-Pacífico, que se consolida como el motor dinámico del mundo. Esta diversificación podría oxigenar economías estancadas, pero requiere diplomacia económica inteligente y, sobre todo, decisiones de largo plazo que vayan más allá de los ciclos políticos.
Fuente original: Portafolio - Economía